lunes, 23 de agosto de 2010

Robo, engaño y estafa

Atención padres y madres de niños menores de nueve años. No llevéis al cine a vuestros hijos a ver "Niños grandes". A pesar de que está calificada para todos los públicos, en la película se oyen constantes insultos, palabrotas y alusiones a temas de sexo. Pero el plato fuerte es la escena en la que vuestros hijos se pueden enterar de quién es en realidad el ratoncito Pérez. Me parece una manera fría y triste de que un niño lo descubra. Siento que me han engañado, que me han estafado treinta euros y que nos han robado la posibilidad de que mi hijo lo descubra de otra manera más natural. Cuando acabó la película fui a quejarme de forma muy pacífica y educada. El encargado me dijo amablemente que Cinesa aquí no podía hacer nada, pues es el Departamento de Cultura de la Generalitat quien pone las calificaciones de las películas. Si me quejo a la Generalitat mi protesta se caerá en un saco roto. Así que me desahogo aquí. Ya he visto algunas películas últimamente que deberían haberse pensado mejor a la hora de calificarlas, como la de "El Príncipe de Persia". Sinceramente, tampoco me pareció que fuera "No recomendable para menores de 7 años". Más bien no la recomiendo para menores de diez, pues había escenas de mucha violencia. Pero es que esta vez la indignación y la impotencia que sentí allí en la sala fueron demasiado. Maldito afán recaudatorio.

sábado, 7 de agosto de 2010

El paraíso existe

Y tiene nombre propio. Se llama Mallorca y se apellida Colònia Sant Jordi. Lo siento, Menorca. Me rendí a tus encantos la primera vez que te conocí. Sin disimulos. Y propagué mi amor por ti a los cuatro vientos. Cada año quise volver y conocerte un poco más. Pero el destino ha querido que mi fidelidad de tantos años se rompiera. He conocido a tu hermana mayor, Mallorca, y ha sido muy difícil decir que no. Me lo ha puesto todo muy fácil y cómodo.

Me he bañado en la Platja es Dolç y no he podido evitar acordarme de tu Son Saura. Visité la Platja Es Trenc y al llegar al parking me fue inevitable pensar en tu Algaiarens. Me sumergí por las profundidades de la Cala Llombards y evoqué Macarella y Turqueta a la vez. Todas me recordaban a ti pero no tuve preocupaciones horarias, ni kilómetros ni aglomeraciones. Llegar, querer y tener.

He coqueteado con todas las cocas que se han acercado a mí: la de trampó, la de verduras, la de gató ... Los helados artesanos del hostal Colonial tuvieron la osadía de retar a los de Can Joan de Saigo. Y se batieron en un duelo a muerte para conquistar a mi estómago. "O dioses del cielo, tened piedad de mi. ¡¡No puedo escoger entre ambos!!".

Me invitaron a visitar el Centro de Interpretación de la Isla de Cabrera, un acuario de reciente construcción, con 18 grandes peceras, que albergan una muestra de las distintas especies marinas que habitan en el archipiélago de Cabrera. Allí vi peces muy curiosos que no había visto en mi vida, pues algunos son autóctonos de la zona. Y quise más.

Así que navegué hacia el archipiélago, compuesto de dos islas mayores (Cabrera y Conejera) y quince islotes. Y me reencontré contigo. Mi querido Mar Mediterráneo. Navegando por tus aguas me volví a sentir como la niña que una vez fui. La que navegó por tus aguas pero en otros parajes. La misma que, como entonces, se deja ahora embriagar por el encanto de tu inmensidad. Y al llegar a la Cueva Azul sentí que había alcanzado el paraíso. Y me entregué a ti. Dejé que tus pequeñas olas revoltosas envolvieran mi cuerpo desnudo y de nuevo buceé y admiré tu belleza submarina.

Este verano me lo he pasado en grande en Mallorca. Cada día mejoraba al anterior. Los descubrimientos fueron espectaculares y las vivencias intensas. Le dedico este post a mi familia, la responsable en gran parte de que me lleve un recuerdo tan bonito de estas vacaciones. Y a Isabel. Una abuelita mallorquina que irradia ilusión y ganas de disfrutar cada segundo de la vida. Igual que las que debió tener de jovencita, en aquellos años en los que seguró rompió montones de corazones con su belleza, su simpatía y sus dulces ojos (azules, cómo no). A tu salud me tomé una ensaimada de albaricoques deliciosa en Can Joan de Saigo. Gracias por tus recomendaciones.

En cuanto a ti, Menorca, sé que un día volveré. Y aunque no será pronto, espero que entonces sepas perdonarme y me recibas igual que siempre. Con los brazos abiertos, invitándome al sosiego y dejando que recorra con tranquilidad los rincones que siguen guardados como tesoros en el fondo de mi corazón.

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lunes, 2 de agosto de 2010

Habitación 312

Octubre de 2008. Hospital de la Esperanza, Barcelona.
Anochece. Fernando pasa los últimos minutos de su vida rodeado de sus cuatro hijos. Ninguno cree demasiado en el más allá pero, contemplando a su padre, a todos les invaden las dudas. Mientras los órganos de Fernando se pudren en su interior su espíritu sigue muy vivo, como siempre. Todos son capaces de sentir que allí yace un cuerpo exhausto y que su alma les sobrevuela, como si fueran dos cosas diferentes.
- ¿Ha venido Celia?
- Aún no, papá. Debe estar a punto de llegar.

Celia es su exmujer. Se separaron hace muchos años. Mantienen una buena relación. De hecho, desde el inicio de la enfermedad ella ha sido quien más ha estado a su lado.

Sus cuatro hijos también están agotados. Arrastran un fuerte desgaste por la enfermedad de su padre y hoy ha sido un día más en sus rutinas voraces. Están igual de cansados pero afrontan el momento de formas muy diferentes, formas que denotan las diferencias que hay también en sus caracteres y sus vidas.

Carlos, el mayor. Es licenciado en Administración y Dirección de Empresas. Inteligente y emprendedor, como su padre, cogió las riendas del negocio familiar. Está casado con Helena, una abogada incisiva y de personalidad arrolladora. Se conocieron en una Escuela de Negocios en la que ambos cursaron un master. Tienen dos hijos. Viven en un piso espectacular de la zona alta de la ciudad.

Eduardo es el segundo. Estudió Ciencias Empresariales pero no en la misma escuela que su hermano. No pasó el examen de ingreso aunque eso nunca le preocupó. Siempre le tiró más el ambiente universitario de la pública, a pesar de que sus padres hubieran insistido y movido todos los contactos para que entrara en la privada. Es el guaperas de los cuatro hermanos. Muy independiente, no tiene pareja.

Yago (Santiago). Es ingeniero. Ha trabajado varios años en una gran multinacional. Tenía ante sí un futuro prometedor pero un día se dio cuenta de que no quería seguir ese camino. Le costó mucho entender qué le pasaba, soportó mucha presión de su entorno familiar. Tampoco tenía muy claro hacia dónde quería ir. Espiritualmente es una persona muy profunda. Tiene una enorme sensibilidad y un corazón que no le cabe dentro. Siempre le gustó escribir, ahora pasa largas temporadas en una casa que tienen sus padres en el pirineo catalán. Está decidido a escribir un libro.

Martín. El pequeño. Estudió empresariales, como Yago. Se pasó cinco años para sacarse una diplomatura de tres. Y no acabó los estudios, aunque eso no lo sabe nadie. Le faltaron dos asignaturas. No vive con sus padres, vive en el campo. Le encanta la tranquilidad y los paisajes de la Cerdaña, una comarca del pirineo catalán que conoce bien, pues ha pasado muchos veranos allí con su familia.

Celia acaba de llegar.
- Fernando, Fernando …
- Hola Celia.

La voz de Fernando se vuelve frágil a momentos.
- Mamá, nos vamos un rato fuera.
Celia y Fernando se quedan a solas.

- ¿Qué tal tus proyectos?
Celia es decoradora de interiores. Toda su vida se ha dedicado a ello, aunque hubo unos años en que dejó de trabajar para dedicarse a los niños cuando eran pequeños. Ahora ya está jubilada pero sigue haciendo pequeños proyectos para unos pocos clientes particulares.
- Bien, pero ya no estoy para según qué trotes. Tengo que coger menos cosas a la vez, a veces me olvido de que voy a cumplir 69 años.
Fernando sonríe.
- Ya me gustaría a mí ahora mismo estar trotando la mitad de lo que trotas tú.
- Ja, ja, … Que debemos dejar paso, Fernando. Ahora les toca a otros coger el relevo de todas estas historias. A los niños, jeje.
- ¿Qué hicimos mal, Celia?
- ¿Por qué dices eso?
- Míralos, el único que nos ha salido normal es Carlos.
- Fernando, por favor. No empieces.
Celia contesta tranquila, sin enfadarse. Sabe que tendrá que afrontar la conversación con la misma paciencia de siempre que salía este tema.
- Dime tú si es normal tener un hijo que un día lo deja todo y se aísla en la montaña para escribir.
- Yago escribe cosas muy bonitas. Y es lo que ha decidido hacer a partir de ahora, hay que apoyarle. Bastante complicado es todo en la vida …
- Y Martín … siempre me hizo sufrir. El pequeño … tal vez no le dedicamos tanta atención como a los demás … Míralo. Rodeado de mierda y de bestias malolientes.
- Fernando … Vive en una granja que ha levantado él. Y no son bestias, son gallinas camperas.
- Gallinas camperas, gallinas camperas … lo que te digo, Celia. Mierda por todos lados.
- Los huevos de estas gallinas le están permitiendo levantar un negocio que pinta muy bien. Estos huevos tienen ahora mucha demanda en el mercado. Además ha llegado a un acuerdo con un fabricante de mahonesa para abastecerle.
- ¿Y por qué una granja perdida en medio del campo?
- Les dimos las herramientas, Fernando. Y con ellas han fabricado sus vidas, sus ilusiones … Martín siempre ha sido muy del campo. Él es feliz así, se gana la vida también gracias a ti, a los estudios que le diste … ¿Cómo podría, si no, dirigir una granja? No deja de ser un negocio. Diferente al tuyo pero es capaz de que sea rentable …
Fernando, como siempre, no acaba del todo convencido. Celia prosigue.
- Carlos ha seguido tus pasos. Lleva una vida formal, como la que tú tuviste … Pero eso no es sinónimo de felicidad.
- ¿Insinúas que no son felices?
- Sí que lo son. Sólo digo que la vida que han escogido los demás también les hace felices. Para ti ser feliz es llevar esa vida convencional pero debes aceptar que se puede ser feliz de otras maneras.
Fernando suspira.
- Tienes razón, Celia. Siempre la tienes …

Fernando sonríe y se calla. Parece no tener ganas de seguir con la conversación. Martirizarse con las mismas cosas que siempre le han martirizado no le llevan a ningún sitio.
Celia coge su mano.
- No te tortures, Fernando. Has sido un buen padre, has hecho un buen trabajo y tienes cuatro hijos fantásticos, que te quieren, te respetan, te admiran. Son felices y eso es lo más importante de todo. Deja que esto llene te llene de paz por dentro.

Pasan las horas y Fernando se debilita poco a poco.
Eduardo pierde los nervios.
- Esto es increíble. A papá se le está hinchando demasiado la barriga.
Sale fuera de la habitación e increpa a la primera enfermera que ve.
- Enfermera, por favor. Entren a poner algún drenaje a mi padre, se le está hinchando la barriga.
- Hijo. Tu padre no necesita ningún drenaje ahora mismo.

Eduardo no contesta. Sabe que se acerca el final. No puede con sus nervios y se va al piso de abajo, a la sala donde están las máquinas expendedoras de comida y refrescos.

Mientras, los demás siguen en la habitación. La última frase que Celia pronunció ha hecho recordar algo a Fernando.
- ¿Dónde está Eduardo?
- Creo que ha ido a por un café.
- Llámale, hay una cosa que me hace ilusión.

Todos en la habitación.
- ¿Papá?
- Hola hijos, acabo de acordarme de una cosa. ¿Recordáis cuando pasábamos las vacaciones de verano en la Cerdaña? Las excursiones que hacíamos …
- Claro, papá. Contesta Carlos.
- ¿Os acordáis de lo que os decía cuando llegábamos a la cima de alguna de esas preciosas montañas? Cuando culminábamos nuestra subida …
- Nos hacías sentar en un círculo y darnos la mano. Nos pedías que cerráramos los ojos y dejásemos que esa maravilla de paisaje y de momento llenase de energía positiva nuestro interior.
- Sí, exacto.
Todos sonríen. Recuerdan que en aquella época eran pequeños y no acababan de entender por qué lo hacían o qué cabía esperar de aquella situación. Siempre había uno que acababa abriendo los ojos, después el otro, uno que se tronchaba de risa y entonces los demás se contagiaban … Algo que a priori se les antojaba “coñazo” acababa resultando un momento divertido.
- Quiero que ahora hagamos lo mismo. Que nos demos las manos.

Todos se emocionan. Ahora nadie ríe. Se han hecho mayores, la situación es muy diferente y todos saben por qué lo pide. Fernando se reconforta en su interior de la única manera que podía hacerlo en un momento como éste.

Pasan unos segundos, no llega a un minuto. Celia nota repentinamente que la mano de Fernando ya no ejerce ninguna fuerza. Abre los ojos y mira a Eduardo. Es a quien tiene delante y el que está más cerca de la puerta.
Edu, hijo. Llama a la enfermera. Tu padre … descansa en paz.