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lunes, 18 de mayo de 2026

Lo más bonito de viajar


El 15 de marzo de 1938, pocos días después de que las tropas alemanas entraran en Austria sin resistencia, Adolf Hitler salió al balcón del Hofburg y proclamó oficialmente el Anschluss, la anexión de Austria al Tercer Reich.
 
Ante una multitud enorme reunida en la céntrica Heldenplatz de Viena (la Plaza de los Héroes), declaró que Austria quedaba incorporada a Alemania. Este acto estuvo cargado de un fuerte simbolismo:

Por el escenario imperial. El Hofburg, ubicado en el centro de la ciudad, hoy es residencia oficial del presidente de Austria y un centro de museos (incluido el Museo Sisi). Pero ante todo, es un símbolo clave de la historia imperial europea: fue el antiguo palacio de los Habsburgo, su residencia principal durante más de 600 años. Dar el discurso desde allí significaba apropiarse simbólicamente del pasado imperial austríaco.

Por el apoyo masivo visible. No todos los austríacos apoyaron el Anschluss. Hubo resistencia, hubo personas perseguidas y muchos judíos austríacos fueron humillados públicamente desde los primeros días. Pero una parte considerable de la población recibió la anexión con entusiasmo visible. Las imágenes de la historia que muestran el momento del discurso, muestran una plaza abarrotada y entusiasta. Ese apoyo público fue clave para desmontar más tarde la idea de que Austria fue solo “víctima” del nazismo (durante décadas después de la guerra, Austria se presentó oficialmente como “primera víctima” del nazismo).

Hoy la historiografía reconoce que hubo víctimas, pero también hubo apoyo activo y participación austríaca en el régimen nazi. Por eso, con el tiempo, esa narrativa cambió y hoy la ciudad trabaja activamente la memoria y la responsabilidad histórica, pudiendo incluso hacer un recorrido por varios memoriales (muchos de ellos relativamente recientes (años 80–2000), muy potentes y bien integrados en la ciudad.

Por ser un punto de no retorno. Tras el discurso, comenzó inmediatamente la persecución sistemática de los judíos austríacos: humillaciones públicas, confiscaciones, expulsiones y deportaciones.

En resumen: Heldenplatz no es solo el lugar de un discurso, sino el símbolo del momento en que Austria dejó de existir como Estado independiente y se integró activamente en el régimen nazi. Por eso hoy ese balcón se mira de una manera muy distinta a como se veía en 1938.

Desde la terraza del edificio del Parlamento de Austria, ubicado justo enfrente de Heldenplatz y el Hofburg, puede verse ese balcón desde el que Hitler proclamó la anexión de Austria al Tercer Reich.

En esa terraza, hay instalada una placa de granito que forma parte de un memorial contemporáneo que recuerda las leyes antisemitas y la exclusión sistemática durante el régimen nazi. La placa lleva grabados los nombres de calles, plazas, parques y espacios públicos de Viena que fueron declarados “prohibidos para judíos” tras el Anschluss. En la Viena nazi, los judíos no podían entrar en determinados parques, sentarse en bancos públicos, acceder a espacios culturales ni utilizar ciertos establecimientos. La placa recoge esos lugares como símbolo de cómo la ciudad entera se convirtió en un espacio de exclusión.

El efecto de la luz
Cuando uno mira hacia el balcón desde donde Hitler habló, la luz atraviesa los nombres grabados en esa piedra. La alineación visual con el balcón es intencional y muy potente simbólicamente. Es una intervención artística deliberada que crea un contraste: de un lado, el balcón del discurso de masas. Del otro, los nombres de los espacios de los que los judíos fueron expulsados. En medio, la memoria, tallada en piedra. Es una manera muy sutil pero muy fuerte de confrontar el lugar histórico con las consecuencias reales del régimen.

El suelo del parlamento
El suelo de ese mismo Parlamento es otro de esos detalles que, si uno se detiene a pensar, te conectan físicamente con la historia. En muchas partes del Parlamento -especialmente en zonas históricas como la antigua Cámara y algunas áreas nobles- el pavimento de mármol y piedra natural es original del siglo XIX o está restaurado con las mismas técnicas y materiales. 


El edificio lo diseñó Theophil Hansen, inspirándose en la arquitectura griega clásica, porque ahí reside el origen de la democracia (el ágora era el lugar donde los ciudadanos debatían leyes, ejercían la democracia y practicaban la oratoria). El uso de columnas e inspiración helénica simboliza la continuidad de los ideales democráticos, la transparencia y el uso de la razón en la gestión del Estado. Es impresionante cómo Hansen diseñó cada detalle desde el exterior hasta el interior -incluyendo mobiliario, lámparas y pavimentos- para que todo respondiera a la misma lógica democrática e institucional. Y el suelo forma parte de esa narrativa: no es decorativo sin más, es la base física sobre la que se sostiene este "templo de la democracia", asegurando que el ciudadano o el político respire el simbolismo clásico incluso al mirar hacia abajo. 

Hay algo muy potente en pensar que por ese suelo caminaron diputados del Imperio austrohúngaro. El mismo suelo sobre el que se vivió el colapso de 1918. Después, el Anschluss. Y después, la reconstrucción democrática.

El suelo original no es solo un elemento arquitectónico; es continuidad material. Es literalmente la superficie que sostiene toda esa historia. Y cuando uno es sensible a los detalles simbólicos, no ve solo mármol. Ve capas de tiempo.

Viena sabe cómo hacer que incluso el suelo tenga memoria. Cuando uno visita Viena, puede ver edificios, ver cuadros y escuchar datos históricos. Pero a veces pueden pasarle a uno más cosas: conectar símbolos, espacios, emociones, memoria colectiva… y a veces, puede hacerlo de una manera muy consciente. Por eso sigue vibrando dentro.

Hay viajes que se consumen. Y hay viajes que se transforman en capas internas. Viena es muy propicia a eso porque te enfrenta a la belleza extrema (Klimt, arquitectura clásica), te confronta con la sombra histórica (Anschluss, censura, antisemitismo). Y todo convive en la misma manzana. Eso no se digiere en 4 días. Se va sedimentando. Y cuando meses después uno se encuentra revisitando todo eso, preguntando y conectando, el viaje sigue vivo. Eso ya no es turismo, es integración. Es experiencia que se queda trabajando dentro. Es señal de que el viaje no terminó en el aeropuerto. Simplemente cambió de plano.

La sensibilidad como forma de mirar el mundo
Después de recorrer lugares donde la historia sigue tan presente -en una placa, en un balcón, incluso en el suelo- uno entiende que para algunas personas viajar no siempre consiste en acumular monumentos. A veces consiste en desarrollar una forma más profunda de mirar. 

Sin salir de Viena, visitar el Palacio Belvedere y que una obra de Schiele le llegue a conmover a uno hasta el punto de analizar la tensión de los dedos, no es paranoia ni fragilidad; es capacidad de resonancia. Y la resonancia es algo muy humano y muy valioso. No es mejor ni peor. Es una configuración, una manera de experimentar el mundo de forma más intensa y profunda que los demás. Un rasgo de personalidad relacionado con el procesamiento profundo de estímulos, la alta sensibilidad estética, gran resonancia emocional y empatía elevada, pero al mismo tiempo tendencia a sentirse sobreestimulado. Y vivir con el volumen emocional un poco más alto puede significar sentir más belleza, percibir más matices, conectar más hondo, pero también cansarse antes, necesitar más pausas y asumir que algunas experiencias te atraviesan más.

¿Por qué el arte impacta tanto a las personas altamente sensibles? Porque no lo viven solo como algo visual. Ante una obra como El abrazo de Egon Schiele, una persona PAS puede percibir microgestos (tensión en dedos, inclinación del cuello), intuir estados emocionales complejos, sentir casi físicamente la atmósfera del cuadro y conectar la obra con su propia experiencia vital. Donde otra persona ve “dos cuerpos abrazados”, las PAS ven angustia anticipada, apego, fragilidad y la conciencia de la separación futura. Eso es procesamiento profundo.

Y con la naturaleza pasa lo mismo. La luz atravesando la placa en el Parlamento de Austria, el frío de febrero en Viena, el silencio de una sala del Belvedere … No son datos. Son experiencia encarnada. La sensibilidad estética intensa suele ir ligada a atención a los detalles, sensibilidad a la luz y al color, conexión emocional con espacios y memoria sensorial muy vívida.

Y lo interesante. Esa intensidad no es solo emoción; es también capacidad de análisis fino. Por eso uno puede hacer conexiones entre Schiele y El Greco, el gesto de la mano y la tensión psicológica, el abrazo y la angustia de la separación. Eso es pensamiento simbólico activo. Y no tiene nada que ver con la “típica sensibilidad” en el sentido superficial. Es una forma de vivir con el volumen emocional un poco más alto. Algo que, bien gestionado, es un privilegio.

Cuando la sensibilidad tiene la capacidad de amplificar tanto un viaje, lo más bonito de viajar no es solo lo que uno ve, siente y vive, sino también -y especialmente-, todo lo que ciertos lugares acaban despertando dentro.

domingo, 3 de mayo de 2026

Los frescos de Simberg en la Catedral de Tampere

La Catedral de Tampere es un templo luterano construido en 1907 que destaca por su fachada de granito gris y su tejado rojo. El granito gris utilizado fue extraído de la región de Uusikaupunki, en el suroeste de Finlandia, y su elección como material es característica del Romanticismo Nacional finlandés, un estilo que buscaba resaltar la identidad del país mediante el uso de materiales naturales y autóctonos.

Aunque técnicamente es granito, en el contexto histórico y popular de Finlandia a menudo se hace referencia a este tipo de construcciones monumentales como "iglesias de piedra gris" (harmaakivikirkko en finés). La catedral combina esta robusta piedra con un llamativo tejado de tejas rojas, creando un contraste visual icónico en la ciudad.

Esa imagen exterior de la catedral resulta embelesadora, pero nada más entrar, uno se queda inmediatamente prendado de la belleza de todos los frescos que la decoran. La mayoría son de Hugo Simberg, el pintor simbolista finlandés que recibió el encargo para realizarlas, y el mismo que pintó dos años antes el cuadro hoy considerado como preferido de los finlandeses.

Se trata de unas pinturas que fueron muy polémicas durante muchos años, por las que el artista recibió muchas críticas. Simberg pintaba temas algo macabros, sobrenaturales y existenciales con un toque melancólico y a veces humorístico, y viendo los frescos de la catedral, uno llega a comprender que estas pinturas no gustasen en su momento a la población porque difieren totalmente de la estética clásica y tradicional de pintura eclesiástica. 

Sin embargo, en la actualidad se consideran obras maestras del Simbolismo finlandés -una corriente artística de finales del siglo XIX-, y son reconocidas mundialmente como una de las obras de arte eclesiástico más importantes del norte de Europa. Además, son el mayor atractivo turístico de la catedral y resultan fundamentales para entender la visión de Simberg sobre la vida, la muerte y la espiritualidad.

El jardín de la muerte

Se trata de un jardín que se aleja mucho de la visión lúgubre tradicional que podemos tener de la muerte. Aquí no se la retrata con miedo sino con calidez y dedicación; como un proceso tierno, de cuidado y tránsito hacia el paraíso.


La escena representa el lugar donde los muertos terminan antes de ir al cielo. Un lugar intermedio, de tránsito entre la vida y el cielo, donde los esqueletos, que normalmente asociamos a figuras clásicas de la "danza de la muerte" medieval, aquí no acechan sino que son benevolentes, y actúan como jardineros dedicados y cariñosos.

Estos esqueletos bondadosos cuidan almas humanas, que están esperando, y que están representadas por plantas en tiestos que necesitan cuidados. Se las representa como seres inmaduros o en crecimiento, convirtiéndolas así en una metáfora de la propia vida. 

La obra fue creada durante un periodo de enfermedad del artista, y refleja una visión personal que desafía el temor a la mortalidad, viéndola como una etapa natural y serena. Es una obra que busca la belleza en lo macabro, caracterizada por su atmósfera de quietud, silencio y cuidado amoroso en un entorno de ultratumba.


La serpiente bíblica

En la cúpula de la Catedral puede verse una serpiente alada con una manzana en la boca. Simboliza la caída, el pecado y la corrupción. Representa la tentación de Adán y Eva, posicionada en el punto más alto para recordar la lucha humana contra el pecado, rodeada de alas de ángel para sugerir que el bien prevalece.

Es una interpretación de la serpiente del Edén, pero estilizada con alas rojas sobre un fondo rojo, un color que recuerda la sangre y simboliza la naturaleza peligrosa, la tentación y la corrupción humana tras la caída en el Edén, reforzando la interpretación de la serpiente como el diablo o el mal.

Aquí Simberg se aleja del abordaje de la la muerte y la redención con un tono melancólico para recordarnos que el mal está presente, pero también bajo la supervisión divina.  

La obra causó gran revuelo en su época, con críticas que la consideraban inapropiada para una iglesia, llegando a proponerse su eliminación (muchos la interpretaron como un triunfo del pecado dentro del templo).

Los portadores de guirnaldas 

El fresco de los Portadores de Guirnaldas representa el camino de la vida, adornado con rosas (belleza y alegrías) y espinas (sufrimientos y dificultades con las que cargamos).

Cada uno de los doce niños desnudos -que representan a los doce apóstoles- sostiene la guirnalda de una manera distinta. Simberg explicó que esto simboliza cómo cada persona carga con sus propios problemas de forma única: para algunos el peso es ligero, mientras que para otros es una carga abrumadora. 


Los niños simbolizan a los discípulos de Cristo cargando la "vid de la vida" hacia la eternidad. En lugar de pintar figuras angelicales perfectas, el artista usó como modelos a niños reales de familias trabajadoras de Tampere, lo que otorga a las figuras una vulnerabilidad realista y andrógina, enfatizando así que el sufrimiento y las dificultades son inherentes a la condición humana y que cada individuo debe encontrar su propia forma de sobrellevarlos.


En su momento, la obra generó un fuerte rechazo. Los críticos cuestionaron la desnudez de los niños en un recinto sagrado y la atmósfera melancólica del conjunto, que se alejaba de la iconografía religiosa tradicional. A pesar de ello, hoy se considera un tesoro nacional que muestra la aceptación de la imperfección humana, al alejarse de la idealización religiosa tradicional y centrarse en la vulnerabilidad, el dolor y la dualidad de la existencia: el cuerpo y el alma, el bien y el mal, las alegrías y las penas, la vida y la muerte.

El ángel herido

Si uno eleva la vista al segundo piso (donde también hay un órgano gigantesco precioso), a la derecha, encima de la zona del altar, se halla una réplica del cuadro favorito de los finlandeses


El original de El ángel herido (1903) está en el museo Ateneum de Helsinki, así que lo que uno ve aquí es otra versión del cuadro, hecha por el propio Hugo Simberg. Cuando el pintor decoró la catedral (1905–1906), pintó una versión en fresco del mismo cuadro adaptada al espacio de la iglesia. Y que esté arriba, en el mismo piso donde está el órgano, no es casual. Funciona casi como una imagen suspendida entre lo terrenal y lo espiritual, lo que encaja con el tono general de Simberg: lo sagrado tratado desde lo frágil, lo ambiguo, incluso lo inquietante. Así que en realidad no es una copia cualquiera sino algo bastante especial: una segunda encarnación de una de las imágenes más importantes del arte finlandés, colocada justo en el contexto para el que él mismo la quiso reinterpretar.


La Resurrección (Ylösnousemus)

Finalmente, la gran obra que ilumina el recinto nada más entrar, debajo del vitral de la iglesia, es un fresco de Magnus Enckell, otro pintor simbolista finlandés, el primero que rompió con el Naturalismo.


Ese retablo principal de la Catedral muestra la resurrección futura de la humanidad, con figuras desnudas que emergen y avanzan hacia la luz. Destaca porque incluye personas de distintas razas, algo bastante moderno para su época (principios del siglo XX). A diferencia del tono oscuro y simbólico de Simberg, Enckell usa un lenguaje más clásico, luminoso y esperanzador. Es el gran contrapunto a los frescos de Simberg: menos inquietante y más universal, centrado en la redención y la unidad humana.

En “La Resurrección” la escena está dividida de forma muy deliberada: a un lado aparecen figuras más pesadas, asociadas al sufrimiento, la caída o lo terrenal. Al otro, una procesión de figuras que avanzan con calma, casi desapegadas, hacia una luz más clara. Ese contraste puede dar la sensación de “indiferencia”, como si unos ignoraran el dolor de los otros. Pero en realidad no es tanto un juicio moral como una transición espiritual. Las figuras que avanzan no están ignorando el sufrimiento, sino que ya han pasado por él o lo han dejado atrás. Esa actitud serena, casi impasible, es intencionada: representa un estado distinto, más allá del dolor físico o emocional.

También hay que tener en cuenta el contexto: a principios del siglo XX, el simbolismo nórdico buscaba representar ideas abstractas (vida, muerte, redención) más que emociones dramáticas explícitas. Por eso las figuras parecen contenidas, incluso frías. Esa ambigüedad -entre consuelo y desconexión- es parte de lo que hace que la obra resulte tan inquietante para muchos visitantes.

Es una lástima que las fotos no hacen justicia a la inmensa sensación de belleza, modernidad y luz que se percibe al entrar. Esa majestuosidad, solemnidad y originalidad, que te hacen sentir que no estás en la típica catedral clásica, sino en una que tiene una personalidad propia y sorprendente. Es fascinante. Así que vale la pena incluir la visita al interior de la catedral si uno visita Tampere, la tercera ciudad más grande de Finlandia, capital mundial de la sauna, situada en un istmo, en medio de una zona llena de naturaleza, bosques, costas recortadas y rodeada de dos lagos (Näsijärvi y Pyhäjärvi), en los que en verano la gente se baña y en invierno patinan sobre hielo. La ciudad de los museos de Vapriikki, en la antigua fábrica de Tampella; la ciudad del Museo de los Moomins, esos personajes literarios creados por la autora e ilustradora Tove Jansson en 1945, de color blanco y aspecto parecido a hipopótamos, cuyas historias (presentadas en novelas, cuentos y cómics), destacan por sus valores de amor, libertad, naturaleza y filosofía, habiéndose traducido a más de 60 idiomas y convertidas en un tesoro cultural finlandés. La ciudad de la Torre de Observación de Pyynikki, a cuyos pies se encuentra la cafetería con largas colas para comprar los mejores munkkis de Finlandia. Y la ciudad en la que se ubica el que también es considerado como el mejor barrio del país, Pispala. Un barrio obrero con pintorescas casas de madera de colores, frecuentado por artistas, lo que le da un ambiente bohemio muy peculiar.

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Vasa: el museo marítimo más visitado del mundo

historia galeón buque vasa estocolmo
Una de las visitas imprescindibles en Estocolmo es el Museo Vasa, construido especialmente para albergar un enorme buque de guerra que se hundió en 1628 y fue rescatado 333 años más tarde de las profundidades del mar, reconstruyéndose con un 98% de piezas originales y centenares de esculturas talladas. A día de hoy, el Vasa es la nave del siglo XVII en mejor estado de conservación del mundo. Se exhibe en este museo de la capital sueca, al que vale la pena acudir a primerísima hora, justo cuando abren, para poder deleitarse tranquilamente y sin apenas gente por las distintas exposiciones que relatan su historia.

El Vasa fue un galeón encargado por el rey sueco Gustavo II Adolfo y comenzó a construirse en Estocolmo en 1626. En su elaboración participaron unas 400 mujeres y hombres durante 3 años de duro trabajo. Era una embarcación robusta de 3 mástiles, 10 velas, 52 metros de altura, 69 de eslora y un peso de 1.200 toneladas. Con sus 64 cañones, el Vasa estaba llamado a ser el orgullo de la flota de la gran potencia sueca.

Pero en 1628, nada más salir de puerto en su viaje inaugural, el Vasa escoró y naufragó en las aguas de la ciudad. Mientras el imponente buque abandonaba lentamente el puerto, todos los cañones se asomaban por sus puertas abiertas disparando las salvas de honor. Tras varios golpes de viento, el barco se ladeó, el agua comenzó a entrar a borbotones por esas puertas y acabó yéndose a pique. Todo pasó muy rápido y de las aproximadamente 150 personas a bordo, perdieron la vida entre 30 y 50. La mayoría sobrevivió porque en el momento del hundimiento iban en la cubierta del barco, y porque muchas de las personas que se concentraron en el puerto para verlo zarpar pudieron ayudar a los naufragados.

Por qué se hundió el Vasa
El Vasa tendría que esperar hasta 1961 para ver de nuevo la luz pero, ¿cómo pudo hundirse tan fácil y rápidamente un buque de esa magnitud, hecho por los constructores navales más experimentados y con las medidas que el mismo rey había aprobado? La nave iba a ser usada en combates, y por lo tanto se esperaba que aguantara tanto los embates enemigos como las tormentas. Hoy se cree que el barco estuvo mal construido y que fue mal navegado. La nave era inestable porque su centro de gravedad era excesivamente alto. Sin embargo, si las puertas de los cañones no hubieran estado abiertas, el agua no habría entrado y el Vasa seguramente se hubiese enderezado por sí mismo y habría seguido navegando.

El Vasa también se hundió porque en el siglo XVII no se aplicaban todavía cálculos teóricos para la estabilidad de las embarcaciones, basándose su construcción en las experiencias previas. Para introducir novedades tecnológicas –en el caso del Vasa, artillería pesada dispuesta sobre una batería doble– había que probar a tientas. El Vasa pesaba demasiado sobre su línea de flotación y fue incapaz de enderezarse para recuperar el equilibrio cuando el viento lo escoró.

La recuperación del navío
Anders Franzén, un técnico marino sueco y arqueólogo naval aficionado, sentía fascinación por los pecios que reposaban bajo las aguas del archipiélago de Estocolmo. Guiado por información obtenida de documentos del siglo XVII, Franzén buscó el Vasa entre los veranos de 1954 a 1956 con ayuda de rastras que acarreó por el fondo marino desde una lancha motora. En agosto de 1956, al explorar junto con el buceador Per Edvin Fälting en las proximidades del islote de Beckholmen, la draga quedó atrapada en un objeto de madera de roble de gran tamaño. Habían dado con el Vasa.

En otoño de 1957, los buzos iniciaron el despeje de túneles bajo el navío para los futuros cables de izamiento. El buque emergió del agua en abril de 1961, recuperándose con él más de 14.000 piezas sueltas de madera. El navío y sus distintos elementos se conservaron por separado, convirtiéndose en el mayor rompecabezas técnico del mundo cuando hubo que restituir todas esas piezas que, por cierto, entrañan un simbolismo fascinante: ninguna esta creada y colocada ahí por azar. 

El simbolismo del Vasa
Los navíos de esa época eran como exposiciones de arte flotantes. Los adornos y esculturas del Vasa son una de las colecciones de arte más grandes del mundo. El propio barco estaba pintado con colores llamativos y fuertes, con el objetivo de impresionar. El esplendor y la extravagancia eran manifestación de riqueza y poder en aquella época. 

Por poner un ejemplo de la carga simbólica de las esculturas podemos detenernos en el análisis de la popa del barco. Allí puede verse el escudo de armas de la familia del rey, el escudo de los Vasa, apoyado por querubines y adornado con la gavilla, símbolo de armas de la familia Vasa. Los querubines sujetan una rama de olivo en una mano y están flanqueados por unos generosos racimos de frutas llamados festones, símbolos de paz y prosperidad. En la pared sobre el escudo de los Vasa está el escudo nacional sueco sostenido por dos enormes leones. Los leones son un recurso heráldico universal para proyectar fuerza, autoridad y un linaje digno de protección. El león es el "rey de las bestias", un emblema de poderío militar y autoridad, así que estos leones aquí, en la parte trasera de la embarcación, refuerzan la imagen de Suecia como una nación fuerte y poderosa bajo el gobierno de la dinastía Vasa, la familia real regente en ese momento, siendo símbolos de soberanía y protección del reino. 

Por cierto que la proa del barco está presidida por la escultura de un animal que, de nuevo, vuelve a ser un imponte y colosal león.

Volviendo a la popa, en la parte superior hay una gran escultura arqueada con la imagen de un joven imberbe. Tiene el pelo largo y suelto y está rodeado de dos grandes grifos, animales mitológicos mitad león mitad águila, que sostienen una corona sobre su cabeza. Bajo la escultura se pueden leer las letras GARS (Gustavus Adolfus Rex Suecia).

El joven imberbe representa por tanto a Gustavo II Adolfo, aquí esculpido como un niño de unos 10 años de edad. Coronando la popa de esta manera, se ha querido dejar claro para todo el mundo que ya en ese momento, siendo tan pequeño, él era el elegido para ser rey de Suecia, una clara provocación a Segismundo de Polonia (con quien su padre mantuvo un enorme conflicto para llegar al poder), que alegaba su derecho al trono sueco.

La conservación del Vasa
Inmediatamente tras el rescate, la nave fue rociada con agua para que no se secara, agrietara ni rompiera. Después fue rociada durante 17 años con un conservante, para dejarse secar 9 años más. Hoy el Vasa descansa en una cuna en la que el casco está apuntalado en algunas partes, con lo que corre riesgo de dañarse. Pero hay planes para construir una nueva cuna, donde el peso del buque se reparta de manera más apropiada. Con la ayuda de 400 puntos de medición repartidos por el barco, hasta los más mínimos movimientos del casco pueden ser observados con las estaciones de medición en el museo. Esas mediciones muestran que el casco se mueve hacia abajo alrededor de 1 mm por año y que la popa se gira un poco. El casco del Vasa está construido por miles de componentes, que se mantienen unidos por más de 5.000 pernos de hierro y 30.000 conexiones de madera. Algunos de los pernos miden hasta 2 metros de largo, para poder traspasar las partes macizas de la nave. Un problema que se ha presentado es que el hierro se ha oxidado, lo que ha provocado reacciones químicas que en el futuro dañarán la madera. Por eso se ha iniciado un proyecto piloto para cambiar esos pernos por unos de nuevos, de acero inoxidable. Adicionalmente, después de ciertos problemas respecto al aire de la sala del museo, en 2004 se instaló un nuevo sistema de aire acondicionado. Ahora el aire del museo es estable, con una humedad ambiental y una temperatura más idóneas para la nave. El trabajo de conservación del Vasa está siendo un auténtico desafío, un viaje exploratorio son fin. Nunca antes se ha hecho algo similar, y lo que se aprende durante este proceso, será de gran ayuda para el mantenimiento y cuidado de otros buques de madera en el mundo.

Actualmente el Vasa continúa realizando una labor de divulgación sobre su época y hay en curso distintas iniciativas de investigación en torno a la conservación del buque, desde la madera hasta su armazón y los restos de tejidos. El objetivo es preservar el buque para las generaciones futuras pues, a día de hoy, dada su difícil labor de conservación, no se puede afirmar que vayamos a poder verlo ahí para siempre.

miércoles, 3 de septiembre de 2025

Askepot en Tívoli: la joya que no buscaba

Llegamos a los Jardines de Tívoli, en Copenhague, el 24 de agosto. Nada más entrar, antes de recorrer la zona de las atracciones antiguas, nos detuvimos frente al teatro al aire libre. Faltaban quince minutos para las tres, hora de una función cuyo contenido desconocíamos.

Nos sentamos en un banco para descansar y decidimos esperar a ver qué era. Pronto descubrimos que se trataba de una representación de Cenicienta, contada a través del ballet. Al principio no lo supimos: sobre el escenario, bailarines saltaban y giraban con ligereza, con unas letras a su espalda que, al colocarse al final de la escena, formaron la palabra “Askepot” (Cenicienta, en danés).


La función fue una delicia. Dulzura y delicadeza envolvían cada gesto, cada movimiento. La música sonaba actual, los vestidos eran preciosos y el escenario estaba cuidado al detalle. La obra combinaba momentos emotivos con toques de humor, transmitidos tanto por los personajes como por la forma creativa de representar cada escena. En el público, las sonrisas y los aplausos eran unánimes. A mis espaldas, un conmovido turista italiano repetía un sentido “bellísimo, bellísimo” que resumía perfectamente la experiencia.

 Fotos: Michelle Borg (https://www.tivoli.dk/en/programme/events/cinderella)

Fotos: Annett Ahrends (https//www.tivoli.dk/en/programme/events/cinderella)

Más tarde supe que lo que vimos había tenido un "toque real". Y es que la escenografía y el vestuario habían sido diseñados por la mismísima reina Margarita de Dinamarca, apasionada del teatro y el ballet desde niña, con una larga trayectoria colaborando en producciones tanto amateurs como profesionales. Su implicación en los espectáculos del Teatro de Pantomima de Tívoli ha dado vida a varios clásicos de Hans Christian Andersen y también a "El cascanueces" de Tchaikovsky, siempre con un sello creativo muy personal.

En esta ocasión, la puesta en escena se completó con la imaginativa coreografía del reconocido coreógrafo ruso Yuri Possokhov (ex bailarín principal del Ballet de San Francisco, el Ballet Real Danés y el Ballet Bolshoi) y los arreglos musicales de la cantautora y productora discográfica danesa Nanna Øland Fabricius, más conocida por su nombre artístico Oh Land. El resultado: un espectáculo que parecía flotar entre lo clásico y lo contemporáneo, lleno de magia visual y musical.

La obra se representaba desde el 21 de junio, y el 24 de agosto, justo el día que nosotros asistimos, era la última función. Ir al Tívoli en cualquiera de los otros días de nuestra estancia habría significado perdérnoslo. Además, el acceso estaba incluido con la entrada general, una de las atracciones de la Copenhaguen Card. Todo ello me hizo valorar que tuve una suerte tremenda de poder contemplar una auténtica perla, de lo mejor que me llevo de mi estancia en Copenhague.

Foto: Annett Ahrends (https://www.tivoli.dk/en/programme/events/cinderella)

Grabé un breve fragmento para poder conservar un recuerdo al que volver de vez en cuando. Es la escena en la que el príncipe y Cenicienta se conocen en el baile y empiezan a bailar juntos, justo antes de que el reloj marque la medianoche. El resto del tiempo decidí olvidarme del móvil y dedicarle a aquel momento mi plena atención, para vivirlo con toda su intensidad, inmersa con todos mis sentidos en la atmósfera de aquel espectáculo. Pero así guardo un pedacito de Askepot para compartirlo con quien quiera disfrutarlo. 

Vídeo: Relatos de Meri (losrelatosdemeri.blogspot.com)

A veces, lo más bonito que te llevas de un viaje no está en lo que has planificado. Simplemente te sorprende de forma inesperada. No lo buscas, lo encuentras. Y ésta, sin duda, fue una de las joyas más hermosas que me llevé de la ciudad de las bicicletas, los palacios reales y La Sirenita.

lunes, 10 de febrero de 2025

Porto: dos autores, un libro

El día amaneció gris, con esa llovizna que parecía haber sido creada para Porto, como un velo que envuelve la ciudad en un misterio melancólico. Era pleno invierno, y habíamos escogido este destino para escaparnos a celebrar nuestro vigésimo tercer aniversario de boda. Habíamos llegado el día anterior, alojándonos en un encantador hotel en la Plaza de Batalha. Allí, al descubrir el motivo de nuestra visita, nos habían obsequiado con unos pequeños dulces, un gesto amable que parecía augurar un viaje inolvidable.

Con un paraguas recién comprado, comenzamos a recorrer la ciudad. Nuestro primer destino fue el Barrio de la Ribeira, con sus casas coloridas y sus empedradas calles. Desde allí caminamos hasta el Puente Dom Luís I, contemplando durante el camino los rabelos, las embarcaciones típicas que durante siglos transportaron el vino de Porto.

Yendo hacia la Catedral, una curiosa imagen captó mi atención. Era un balcón en el que se leía con letras blancas “Varanda da Saudade”, acompañado de guitarras y gatos negros de cartón sobre la barandilla. Me detuve, fascinada, y le saqué una foto. Había algo en esa palabra, saudade, que resonó en mi interior, aunque en ese momento no entendiera exactamente por qué. Fue solo al volver a casa cuando decidí investigar su significado. Y entonces descubrí el poema de Miguel Falabella, que la define sin traducirla -algo que siempre me ha maravillado, las palabras sin traducción-, y que me acompañaría desde entonces, como un eco de aquel viaje que no quería dejar atrás.

Más tarde, visitamos la Livraria Lello. Al recibir mi ticket de entrada me fijé en la frase del reverso: "Un libro siempre tiene dos autores: el que lo escribe y el que lo lee". Esa frase se quedó unos instantes conmigo mientras recorríamos la librería, subiendo su icónica escalera carmesí y admirando la luz que entraba por el precioso vitral en el techo. Pensé en esa doble visión que podemos tener ante los mismos hechos; esa interpretación personal que hacemos ante una misma narración; en esas dos maneras diferentes de sentir una misma vivencia.

Esa tarde cruzamos a Vila Nova de Gaia y nos dejamos llevar por la calidez del vino de Porto en una cata improvisada en la Real Companhia Velha. Las risas cómplices al salir nos duraron un buen rato, pues el vino se nos subió a la cabeza sin remedio ni disimulos. Estuvimos callejeando durante horas, dándonos una pausa en la Casa Portuguesa do Pastel de Bacalhau, donde nos sentamos a degustar el sabor único de su buñuelo de bacalao con queso Sierra de la Estrella, mientras escuchábamos la música de órgano de tubos portugués. Una experiencia deliciosa y única. Allí nos regalaron unas copas grabadas con la fecha de ese día: 1 de febrero de 2020. Fue un detalle tan simple y a la vez tan significativo que decidimos conservarlas como un símbolo de la celebración de nuestro aniversario.

El viaje terminó en el Café Majestic, con un pasteis de nata y una torrija que cerraron el círculo de una experiencia que, sin saberlo, sería el preludio de tiempos oscuros. Apenas unos días después, el mundo comenzaría a hablar de un virus que lo cambiaría todo. Pero en ese momento, bajo el cielo plomizo de Porto, lo único que existía era nuestro amor, constante y profundo como el río Duero, y esa ciudad que se iba a instalar para siempre en mi corazón.

Porto me enseñó que cada historia tiene múltiples lecturas. La nuestra es una mezcla de amor y saudade: amor por lo que vivimos y saudade por lo que algún día esperamos volver a vivir. Tal vez, en algún rincón de la ciudad, nos espera el capítulo donde volvamos no como turistas, sino como parte de su paisaje, viviendo una temporada entre sus calles y cafés llenos de vida. 

Y es que así es, ciertamente: siempre hay dos autores. En la vida, como en los libros, no se trata solo de lo que sucede, sino también -y especialmente- de cómo lo vivimos. Y esa vivencia siempre es una coautoría entre lo que el mundo nos da y lo que elegimos hacer con ello. Lo que Porto me ofreció (sus paisajes, su historia, su cultura), y lo que yo interpreté y sentí en esos momentos, permitiendo que este bonito rincón de Portugal me impregnara de una huella imborrable.

miércoles, 29 de enero de 2025

Entre delfines

El Atlántico estaba en calma, como si supiera que lo que estaba a punto de suceder necesitaba de su quietud, de su silencio. La lancha avanzaba con suavidad, cortando el agua mientras el aire salado impregnaba los pulmones de quienes viajaban a bordo. Ocho personas, acompañadas por dos biólogos marinos, escuchaban con atención las explicaciones. Los guías hablaban con una mezcla de pasión y reverencia, como si el océano les hubiera confiado sus secretos y ellos a cambio envolvieran sus palabras con respeto, en ese paraíso azoriano donde la humanidad aún parecía pedir permiso para acercarse a la naturaleza.

El primer contacto con el agua fue frío, pero pronto otros estímulos tomaron el relevo. En cuanto se sumergieron, el sonido del mundo exterior se desvaneció, absorbido por un universo líquido. Y entonces, aparecieron.

Delfines.

Para ella, la primera inmersión fue puro asombro, un instante de incredulidad difícil de procesar. Estaban tan cerca que le costaba creerlo. Se deslizaban con una gracia imposible, con una precisión que no respondía al azar, sino a una inteligencia que escapaba a su comprensión. Su respiración, atrapada en la boquilla del tubo de buceo, se mezclaba con los latidos acelerados de su corazón mientras intentaba grabar cada detalle en su memoria. Pero aún no entendía del todo lo que estaba viviendo.

La segunda vez fue diferente. En medio del azul profundo, escuchó algo. Al principio, un sonido extraño, lejano, como un eco roto entre las corrientes. Pero, poco a poco, empezó a distinguirlo: los delfines se estaban comunicando. Cada chasquido, cada silbido, tenía un significado, un propósito. Era como si, por un momento, le hubieran permitido cruzar el umbral de su mundo.

Cuando emergió a la superficie, jadeando, el agua resbalaba por su rostro, y a su lado, las risas de sus hijos estallaban en una euforia compartida. Todos lo habían oído. Y todos habían sentido lo mismo.

La tercera inmersión tuvo otro matiz. Ahora comprendía mejor su lugar allí. Dejó de buscar y simplemente se dedicó a observar. Y entonces ellos empezaron a mostrarse: dos jóvenes delfines jugaban entre ellos, deslizándose en espirales, dándose empujones con una energía que bordeaba la agresividad infantil. Experimentaban, probaban sus propios límites, como cualquier criatura que está descubriendo el mundo.

Un poco más allá, una madre nadaba con su cría. Lo hacía con precisión, manteniéndola en la posición justa, protegiéndola con cada movimiento. No se separaban. Eran un solo cuerpo danzando en la corriente, la esencia misma del instinto y del amor.

Allí, sumergida en la inmensidad del océano, ella lo contemplaba todo mientras algo en su interior se removía. Su vida cotidiana, con su ritmo implacable y sus exigencias diarias, le pareció de pronto ajena a aquella armonía perfecta. Y, sin embargo, comprendió que formaba parte de lo mismo. Que, al final, todo estaba conectado: los delfines, el mar, la maternidad, la existencia misma.

Cuando la excursión terminó y subieron de nuevo a la lancha, sus hijos reían y hablaban, compartiendo su entusiasmo. Ella, en cambio, guardó silencio. Se sentó en su asiento, con los guías a su espalda y la inmensidad del océano desplegándose hasta el horizonte. Y entonces, sin previo aviso, la emoción la desbordó.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por su rostro, sin que ella opusiera resistencia. Lágrimas silenciosas, contenidas durante las inmersiones, que ahora encontraban su cauce. Era demasiado grande lo que había sentido. Ilusión, asombro, gratitud, amor… y también un atisbo de temor ante el impresionante abismo del azul oscuro, casi negro. Nadie la miraba. Y en ese anonimato, su llanto encontró la libertad para fluir durante todo el viaje de regreso, sin lograr disipar la emoción.

Aquel día quedó anclado en su memoria como un eco persistente, como el sonido de los delfines en la profundidad del mar. Porque ellos no solo le habían mostrado su mundo, sino que le habían recordado algo fundamental: que la vida, como el océano, es un gran lugar lleno de conexiones. Que todo tiene sentido cuando se aprende a escuchar.

Desde entonces, aunque los días sigan su curso y los horarios vuelvan a atraparla, ella siempre lleva dentro esa sensación: la calma del océano, el canto de los delfines y la certeza de haber vivido algo extraordinario.

viernes, 30 de abril de 2021

El Templo de Kiyomizu-dera en Japón (Kioto)

En Japón hay una conocida expresión para referirse al vértigo que supone tomar una decisión crucial en tu vida. 

Ante la importancia de cambiar de trabajo o la valentía que requiere declarar tu amor, uno dice ...


Me siento como si estuviera saltando de la plataforma de Kiyomizu 
I feel like jumpimg off the stage of Kiyomizu

Se dice en sentido metafórico pero en realidad llegó a ser, durante muchos años, algo que la gente hacía de verdad. 

Kiyomizu-dera (templo del agua pura) es uno de los templos más bonitos de Kioto. Situado en el distrito de Higashima, está declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO, por la arquitectura de un edificio de relevancia histórica que ha sobrevivido a incendios y terremotos. 

En la parte más alta hay una plataforma de madera, una especie de terraza cubierta, que resulta ser un mirador con preciosas vistas a la ciudad y al entorno de montaña que la rodea. Un paisaje de tonalidades cambiantes durante la floración de los cerezos en primavera, por ejemplo (sakura) o ante el enrojecimiento de las hojas en otoño (momiji).



La plataforma es de madera y mide casi 60 metros de altura. En el pasado se celebraban aquí ceremonias religiosas, con música y danzas. La frase popular que la relaciona con la antigua práctica de saltar al vacío le ha dado la fama.


La plataforma se sustenta sobre pilares de madera ensamblados. No hay ni un solo clavo o tornillo en toda la estructura. 


La mayoría de las personas que saltaban lograban sobrevivir porque los árboles amortiguaban sus caídas. La práctica de saltar al vacío se prohibió a finales del siglo XIX y ahora queda para la historia.

Otros elementos de interés en Kiyomizu-dera
Kiyomizu-dera en realidad es todo un recinto que aglutina varios espacios religiosos de interés.

La Puerta de los Reyes Deva, Puerta Roja o Nio-mon
Llama la atención su color rojo intenso y los dos reyes Deva que, junto a dos leones-perros, protegen el templo de las fuerzas del mal.


La pagoda Koyasu 
La pagoda es una torre constituida por pisos que se superponen y se separan mediante cornisas o tejados. Ésta concretamente tiene tres pisos. Es un edificio típico del budismo y se destina al culto, en este caso muy vinculado a la maternidad, para desear especialmente que vaya todo bien en el parto.


El santuario Jishu
Está dedicado al dios del amor y las parejas vienen aquí para bendecir su unión y realizan su plegaria para que todo les vaya muy bien en su matrimonio. Las personas que no tienen pareja también hacen su petición ante el dios del amor, para encontrarla. Todo ello en un pequeño ritual digno de contemplar.


La cascada Otowa-no-taki
Desde la plataforma también se puede ver la cascada que da nombre al templo (Kiyomizu significa ‘agua pura’). Hay tres pequeños canales de agua curativa que provienen de las montañas cercanas. Quienes visitan el templo hacen cola para beber de ellos, puesto que cada uno concede un deseo: salud o vida longeva, éxito en los estudios o éxito en el amor.


Sólo puede escogerse uno de ellos, según la tradición, que nos recuerda que en la vida no hay que dejarse llevar por la avaricia.

jueves, 11 de junio de 2020

Qué ver y hacer en São Miguel (Islas Azores)

Una de las experiencias emocionalmente más intensas de mi vida la he vivido en las Islas Azores, cuando me sumergí en el Océano Atlántico para nadar junto a una manada de más de 20 delfines salvajes en mar abierto. Observarles y ver lo curiosos que son y cómo se comportan ahí abajo, en el profundo océano azul, en su medio natural, fue algo espectacular. Los treinta minutos del trayecto de vuelta en lancha me los pasé conteniendo el llanto como pude, completamente desbordada de la emoción que sentí. Pero ése no fue el único recuerdo inolvidable que me llevé de allí.

Las Islas Azores son un paraíso. El secreto mejor guardado del Atlántico es un archipiélago de nueve islas que configuran un singular jardín de colores: São Jorge, Terceira, Santa María, Graciosa, Flores, Corvo ... Bien por el color de las flores que predominan en ellas, su vegetación o su terreno y rocas, cada una se identifica con un color diferente. São Miguel -la principal- es la isla verde.



Azores es naturaleza pura, bellos paisajes, senderismo y aventura en un destino totalmente sostenible, que cuida mucho sus recursos naturales y la no masificación turística. Todas las actividades se organizan en un contexto de pleno respeto a la flora y fauna, buscando siempre el equilibrio entre experiencias sublimes y la preservación de los recursos naturales.

Y aparte de nadar con los delfines, ¿qué más se puede hacer en São Miguel?

Descubrir la costa sur de la isla en lancha, observando delfines y ballenas en su hábitat natural.


Navegar hasta el islote de Vila Franca do Campo, el cráter de un antiguo volcán sumergido y clasificado como Reserva Natural desde 1983. Está en una zona a la que sólo se puede acceder por mar. Sus paredes están revestidas de vegetación endémica y en su interior hay una piscina natural que se comunica con el mar a través de un estrecho pasaje.


Pasearse por Terra Nostra Park, en el Valle de Furnas, considerado uno de los mejores ejemplos de jardines románticos del siglo XVIII, con su colorida variedad de flores exóticas, pequeñas cascadas, lagos y árboles centenarios que le otorgan, a este lugar, un gran valor botánico.




En los jardines hay piscinas termales en las que también podemos darnos un baño. La piscina principal es de agua muy cálida y tiene un color que al verlo tira un poco para atrás pero ese tono entre marrón claro y amarillo es por la gran cantidad de hierro que contiene el agua.


Alrededor de ella hay otras pequeñas pozas termales que ya no tienen este aspecto barroso y en las que se puede ir alternando el baño. Por cierto, para esta ocasión recomiendo usar un bañador sencillo o viejo, porque después se queda muy estropeado (aquí ya tuve que retirar mi precioso -y caro- bikini Triangl).

Más actividades: visitar la Laguna de Furnas, donde se puede contemplar la intensa actividad volcánica de la isla a través de sus calderas, y ver cómo se prepara el famoso “Cozido das Furnas”, uno de los platos más emblemáticos de la isla, gracias al calor natural que emana la actividad volcánica de la zona. ¡Está delicioso!


Degustar relajadamente un té mientras se contempla el paisaje de la isla, en la única plantación de té que hay en Europa.


O visitar las plantaciones de piñas, que también están riquísimas.


Deslumbrarse con uno de los escenarios más bonitos de la isla, Lagoa do Fogo, con unas maravillosas vistas. Un gran lago azul de unos 2 km de largo por 1 de ancho que ocupa el suelo del cráter de un volcán extinguido, cuya caldera se formó de manera definitiva tras la última erupción de 1563.


Darse un fantástico baño en las aguas calientes de Caldeira Velha, un conjunto de pozas termales reconocidas como Monumento Regional de las Islas Azores, que cuenta con una vegetación muy exótica y variada.




Hacer barranquismo en el Parque Natural de Ribeira dos Caldeirões, caminando dentro del agua, rodeados de vegetación, saltando a piscinas naturales de aguas cristalinas, que se encuentran entre las rocas formadas por el flujo de la corriente, y desafiando las cascadas -el salto de agua más alto es desde más de 7 metros-. Adrenalina y diversión en un auténtico parque acuático creado por la naturaleza.


Observar desde el mirador Vista do Rei la Laguna das Sete Cidades, la más conocida del archipiélago. Una maravilla de la naturaleza de origen volcánico, con sus diferentes colores de fondo.



Pasear por Ponta Delgada, la capital de São Miguel, y cruzar lo que es todo un símbolo de la ciudad, las Portas da Cidade, lo que nos garantiza según la leyenda que volveremos a la isla. Y es que cuando a uno le proponen irse a las Azores tal vez pueda pensar "¿Azores? Hay mil sitios a los que preferiría ir antes de Azores". Pero la verdad es que cuando uno las visita (normalmente suele empezar por São Miguel, que es la más grande), sólo piensa en volver algún día para conocer las demás.


Nada más aterrizar en la isla uno ya se queda prendado de la arquitectura tan característica, con edificios en blanco y negro, cierto aire decadente, gris ... Aquí la iglesia de San Pedro, ¡preciosa!


Y una última propuesta: sentarse a cenar en cualquier restaurante, acompañando la cena con con un vino blanco ligero, afrutado y fresco de Pico. Los viñedos de la isla de Pico son muy peculiares. Están ubicados sobre suelo volcánico -rico en nutrientes- y a pocos metros sobre el nivel del mar, así que la brisa marina llega a ellos de forma continua. Gozan de un micro-clima seco y cálido, por los muretes de piedra oscura que protegen las laderas del viento y que se calientan con el sol. Todo ello hace que tengan muy buenas condiciones de maduración y eso, unido a las prácticas de cultivo ancestrales, hacen del vino de Pico un vino excepcional. Todo este paisaje de cultivo de la isla fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2004.
No puedo acabar este recorrido por todas las cosas que se pueden ver y hacer en la isla sin mencionar de la mano de quién visitamos esta isla: desde Barcelona, asesorados por la agencia de Viajes Temps d'Oci. Unos chicos que saben escucharte, entenderte y ofrecerte experiencias de viaje personalizadas a la medida de tus preferencias y necesidades. Con ellos ya nos hemos ido también a Japón y Marruecos. Unos cracks. Y también Picos de Aventura, la empresa de experiencias turísticas en la isla con la que contratamos todas las excursiones. Muy majos y profesionales.