sábado, 7 de marzo de 2026

El Abrazo (Amantes II), de Egon Schiele

Entré en el Palacio Belvedere de Viena con ganas de ver las 24 obras de Gustav Klimt, entre ellas El Beso, una de las pinturas más icónicas del arte europeo de principios del siglo XX. Y lo hice con gusto, pausadamente y sin gente, pero salí de allí con un descubrimiento inesperado: el de Egon Schiele.

Entre sus cuadros allí expuestos, confieso que me quedé atrapada por uno en particular.


Se trata de El abrazo (Amantes II), pintado en 1917. Sobre una sábana blanca y revuelta se abrazan dos amantes desnudos que parecen fundirse en un solo cuerpo, profundamente entrelazados. Hombre y mujer aparecen como dos seres desesperadamente aferrados el uno al otro.

El cuadro

Se cree que la pareja representada es el propio Schiele y su esposa, Edith Harms, con quien se había casado en 1915. El abrazo transmite una intensa intimidad, pero también una cierta complejidad emocional: el gesto no expresa únicamente amor, sino también apego, necesidad y vulnerabilidad.

Un detalle significativo es la mano izquierda de ella, apoyada sobre la espalda de él. Los dedos aparecen separados en el gesto característico con el que Schiele se autorretrató en otras ocasiones (un día contaré cómo ese gesto en uno de sus autorretratos me recordó a una pintura de El Greco). Es un recurso que parece reforzar la idea de identificación entre el pintor y la figura masculina.

Otro aspecto llamativo es que, aunque los cuerpos están fuertemente unidos, la postura de las figuras no transmite una fusión completamente tranquila. Las líneas del cuerpo son angulosas y los contornos marcados, rasgos característicos del lenguaje expresionista de Schiele. De hecho, un breve texto junto al cuadro, en la Galería, mencionaba la representación de una angustia interior: una unión intensa en la que, sin embargo, ya se intuye la posibilidad de separación. Así pues, la imagen sugiere simultáneamente fusión y fragilidad.

En muchas obras anteriores de Schiele, la sexualidad aparece cargada de tensión psicológica y de una cierta ansiedad nerviosa. En El abrazo, aunque la obra sigue siendo claramente expresionista, la representación del cuerpo resulta relativamente más serena y armónica. Da la impresión de reflejar un momento emocional más profundo y menos crispado que en etapas previas.

Esto coincide con un cambio en su vida personal: su matrimonio con Edith y una evolución en su mirada hacia las relaciones humanas y la intimidad.

El abrazo ilustra bien el tránsito de Schiele desde la intensidad casi agresiva de su juventud —cuando entre 1909 y 1911 pintaba figuras angulosas y tensas— hacia una madurez emocional más estructurada. Es una obra en la que logra combinar deseo, amor y vulnerabilidad en una sola imagen.

Y justo cuando parecía entrar en plena madurez artística, murió en 1918 con tan solo 28 años.

El pintor y su contexto

Schiele pertenece al ambiente artístico de la Secesión Vienesa, un movimiento que surge a finales del siglo XIX en una Viena que vivía una extraordinaria efervescencia cultural.

En 1897, un grupo de artistas se separó del arte académico oficial, dominado hasta entonces por un estilo historicista que privilegiaba escenas mitológicas, episodios históricos o retratos burgueses idealizados. Estos artistas buscaban romper con una tradición que, aunque técnicamente impecable, resultaba cada vez más rígida y poco arriesgada.

Entre sus fundadores se encontraba Klimt. La Secesión proponía una nueva forma de entender el arte: ya no se trataba solo de representar lo visible, sino de expresar estados de ánimo, inquietudes interiores y tensiones psicológicas.

Este cambio coincidía además con una transformación profunda de la vida urbana. A comienzos del siglo XX, las ciudades crecían rápidamente, la tecnología y la electricidad empezaban a transformar la vida cotidiana y la modernidad generaba tanto entusiasmo como inquietud. En ese contexto, muchos artistas sintieron la necesidad de explorar no solo el progreso exterior, sino también la complejidad del alma humana. Por eso el arte de esta época está cargado de simbolismo, intensidad emocional y experimentación formal.

Klimt y Schiele

Klimt representa una de las caras más reconocibles de la Viena fin de siècle. Su llamada “etapa dorada”, con obras como El Beso, muestra un lenguaje profundamente decorativo, sensual y simbólico.

Schiele, en cambio, lleva esa modernidad en una dirección mucho más radical.

Klimt fue mentor y protector del joven Schiele, apoyándolo en sus inicios y ayudándolo a entrar en los círculos artísticos de Viena. Sin embargo, el estilo de ambos pronto tomó caminos muy distintos.

Mientras Klimt tiende a embellecer el cuerpo y envolverlo en ornamentación y simbolismo, Schiele lo desnuda y lo tensa. Sus figuras son angulosas, a menudo retorcidas, con miradas inquietantes y una sexualidad directa y a veces incómoda. Donde Klimt seduce, Schiele confronta.

Klimt forma parte del simbolismo modernista de la Secesión, mientras que Schiele se sitúa ya en el terreno del primer expresionismo. No fundaron juntos un nuevo movimiento, pero sí representan dos momentos de una misma transformación: Klimt abrió la puerta a la modernidad artística en Viena, y Schiele llevó esa libertad hacia una exploración psicológica mucho más extrema.

La Viena de 1900 era brillante en su superficie cultural, pero el Imperio austrohúngaro atravesaba una profunda crisis política e identitaria. Bajo esa apariencia sofisticada latían tensiones sociales y una ansiedad colectiva que muchos artistas percibían con claridad.

Schiele captó esa fragilidad con una intensidad singular.

Su historia, sin embargo, terminó de forma trágica. Murió en 1918, durante la pandemia de Gripe Española, tres días después de que falleciera su esposa embarazada. Tenía solo 28 años y parecía estar entrando en el momento de mayor madurez de su carrera.

viernes, 6 de marzo de 2026

El Beso, de Gustav Klimt


Pintado en 1907-1908 por Gustav Klimt, El Beso es una de las obras cumbre del Simbolismo y la pieza más icónica del Modernismo vienés. Es un cuadro muy reconocido porque representa la culminación de la “etapa dorada” del pintor, en la que usaba pan de oro en sus cuadros.

La obra resume la estética del movimiento de la Secesión de Viena: belleza moderna, libertad artística y ruptura con el academicismo. El Beso une erotismo y espiritualidad sin escándalo (a diferencia de otras obras suyas). Es decorativo, pero profundamente simbólico. Sensual, pero contenido. Ornamental, pero íntimo. Por eso conecta tanto con el público.

Me ha encantando bucear por el cuadro y todo el contexto histórico-artístico del momento en el que se pintó. Y eso es lo que comparto hoy aquí, profundizando en una obra que la Galería Belvedere de Viena compró incluso antes de que el autor la terminase, lo que ya anticipaba su impacto icónico. 

¿Qué está pasando en Europa en 1900?

El contexto de la obra es una Europa de cambio artístico. Aparecen nuevas ideas sobre la mente, Sigmund Freud introduce el concepto del inconsciente y los artistas empiezan a explorar emociones, sueños, el deseo humano, la ansiedad …

Las ciudades crecen rápidamente: Viena, París, Berlín … La vida urbana y moderna genera nuevas sensaciones, estrés y cambios sociales. La ciencia cuestiona certezas antiguas: teorías de la mente, nuevas visiones del tiempo y la realidad, tecnología y electricidad cambiando la vida cotidiana … Se instala una sensación de “fin de época”, muchos sienten que el viejo mundo está agotado: el imperio austrohúngaro se tambalea, hay tensiones sociales y cambios culturales profundos. Esto genera el clima que los historiadores llaman “fin de siècle”.

Y ¿cómo era la Viena del 1900? 

La ciudad vivía un momento cultural explosivo:

  • Freud, padre del psicoanálisis, estudia la mente inconsciente, los sueños y la sexualidad reprimida, descubriendo lo oculto dentro de la mente humana, lo que no se veía a simple vista. 
  • Compositores como Gustav Mahler crean sinfonías musicales que combinan lo grandioso y lo íntimo. 
  • Otto Wagner, arquitecto modernista, precursor del funcionalismo, trabaja combinando estructura y ornamento, con la idea de transformar Viena desde lo académico hacia un modernismo funcional y elegante.
  • Y en la literatura y artes plásticas también se viven momentos de cambio. Arthur Schnitzler, escritor y dramaturgo, exploraba los deseos, la ansiedad y la sexualidad en la Viena burguesa, desnudando la vida interior de sus personajes con intensidad psicológica, como un Freud en palabras.

En ese contexto, en 1897 nace la Vienna Secession, un grupo de artistas que se separa del arte académico oficial. Su lema era “A cada época su arte, al arte su libertad.” Gustav Klimt fue uno de los fundadores y su primer presidente.

Antes de la Secesión, Viena estaba dominada por un arte historicista y académico, muy ligado a la Academia de Bellas Artes: temas clásicos (historia, mitología, retrato burgués); técnica refinada, realista, idealizada; pintura ornamental, sin experimentación radical. El arte académico era hermoso, técnico y seguro, pero poco atrevido o experimental. La Secesión Vienesa iba a romper con esa rigidez.

Klimt: sensualidad y símbolo

Klimt representa la fase más decorativa y simbólica de ese movimiento: oro, erotismo elegante, alegorías, influencia bizantina, composición ornamental. Su etapa dorada, a la que pertenece el cuadro El Beso, es la cara más conocida de esa Viena fin-de-siècle.

El Beso cierra simbólicamente la fase más intensa de uso de pan de oro por parte del autor. Después de 1908, Klimt comenzó a alejarse del uso intensivo del dorado hacia un estilo más colorido y con motivos florales, terminando efectivamente su "fase dorada". Hay obras preciosas y muy cautivadoras de esa etapa que pueden verse en el Palacio Velvedere, otro día cuento algo de alguna de las que más me gustaron.

El Beso: detalles técnicos y composición

Pintado durante esa "fase dorada" del autor, representa un abrazo apasionado entre dos amantes, fusionando erotismo, espiritualidad y una riqueza ornamental sin precedentes. 

Técnicamente, se trata de un óleo con aplicaciones de pan de oro y plata sobre lienzo. Es una obra cuadrada que presenta a una pareja entrelazada en un prado de flores, al borde de un precipicio, lo que simboliza tanto la belleza como el riesgo del amor. El protagonismo temático es para el beso: ella tiene los ojos cerrados, en un estado de éxtasis o rendición, mientras él le besa la mejilla, con una mano que sostiene la cabeza de ella. 

¿Por qué se ha encumbrado tanto?

Por la universalidad del tema que trata. Representa el amor pasional y la intimidad de una forma que trasciende el tiempo. Y, aunque se especula que son Klimt y su compañera Emilie Flöge, los rostros están parcialmente ocultos para que cualquier espectador pueda proyectarse en ellos, lo que favorece también esa identificación universal.

También hay que decir que el cuadro tiene una estética que deslumbra al mirarla, el uso del oro y el estilo ornamental "klimtiano" es visualmente espectacular y capta enseguida la atención. Además, combina la sensualidad humana con una abstracción geométrica que incluso a día de hoy puede percibirse como moderna.

En resumen, El Beso no es solo una pintura de una pareja, sino una alegoría de la fusión del ser en un mundo cambiante, combinando la mística antigua (oro bizantino) con la modernidad psicológica de principios del siglo XX. Es un cuadro que ha sido encumbrado como el símbolo universal del amor romántico y pasional.

El simbolismo del cuadro

La ornamentación no es solo decorativa, sino que diferencia los géneros y las fuerzas vitales. La figura masculina viste una túnica hecha de motivos rectangulares y tonos blancos/negros, figuras geométricas que representan fuerza y estructura. El vestido de la mujer, en cambio, está decorado con formas orgánicas (círculos, curvas) y coloridos motivos florales que representan la suavidad, la vida y la fertilidad. La pareja está al borde de un precipicio, un abismo floral, lo que simboliza la vulnerabilidad del amor y cómo este aísla a los amantes del peligro exterior. 

Motivos del uso de pan de oro

Klimt visitó la Basílica de San Vital en Rávena (Italia) y quedó fascinado por los mosaicos bizantinos, donde el oro elevaba a los personajes a un plano espiritual. El uso de pan de oro responde así a una inspiración bizantina, envolviendo a los amantes y elevando su unión terrenal a un plano sagrado, espiritual y eterno. Al usar un material que históricamente estaba reservado para iconos religiosos, Klimt santifica el amor carnal, convirtiendo el deseo en algo divino y eterno.

Adicionalmente, transmite lujo y sensualidad: refleja la opulencia de la Viena de la época y subraya la intensidad del momento íntimo. Y en el plano técnico, tiene un efecto tridimensional, ya que confiere a la pintura una luminosidad especial y una apariencia de mosaico moderno, casi tridimensional. 

Finalmente, también es importante mencionar el legado familiar. Su padre era grabador de oro, lo que le dio una familiaridad técnica única con este material. 

Contexto del cuadro en la vida del autor

Antes de esta obra, Klimt sufrió fuertes críticas por sus pinturas para la Universidad de Viena, que se llegaron a tachar de obscenas y pornográficas. Tras ello, Klimt buscó refugio en un estilo más decorativo y simbólico que le devolviera el favor del público, logrando con El Beso un éxito inmediato.

La obra, pues, acabó siendo una respuesta, el triunfo del amor y la belleza sobre la crítica y el inmovilismo, marcando la transición entre el simbolismo del siglo XIX y la abstracción del XX, y capturando la elegancia de un imperio (el Austro-húngaro) que estaba a punto de desaparecer tras la Primera Guerra Mundial. 

miércoles, 14 de enero de 2026

Leonardo vs Michelangelo: ¿a quién eliges?


1503, Florencia. Leonardo da Vinci y Michelangelo Buonarroti son los artistas más reconocidos del momento. Ambos trabajan en una ciudad que hierve, impulsada por la actividad artística e intelectual. Se conocen y recelan el uno del otro. Y se encuentran, en un duelo artístico sin precedentes, en el Salone dei Cinquecento (Salón de los Quinientos), la sala más grande del Palazzo Vecchio.

El gonfaloniero de la República, Piero Soderini, máxima autoridad política, encarga a los dos maestros dos frescos sobre las victorias militares florentinas. A Leonardo, la batalla de Anghiari; a Michelangelo, la batalla de Cascina. Ambos querían demostrar su genialidad, pero ninguno de los dos terminó el encargo. La batalla más grande de la historia del arte quedó inacabada.

Por qué ninguno terminó su encargo
El motivo fue distinto en cada caso y tiene que ver con problemas técnicos, cambios de rumbo y circunstancias políticas.

Leonardo da Vinci – La batalla de Anghiari
Leonardo quiso innovar. En lugar del fresco tradicional, experimentó con una técnica mixta al óleo sobre muro, inspirada en métodos antiguos que no dominaba del todo.
El resultado fue un desastre: la pintura no se secaba bien, los colores se escurrían y la obra empezó a deteriorarse casi de inmediato. Ante el fracaso técnico y su tendencia a abandonar proyectos, Leonardo dejó la obra inacabada y poco después abandonó Florencia para ponerse al servicio de otros mecenas.

Miguel Ángel – La batalla de Cascina
En este caso el problema no fue técnico, sino político y profesional.
Michelangelo llegó a realizar el cartón preparatorio completo (un enorme dibujo previo), que fue muy admirado. Sin embargo, antes de empezar a pintar el fresco, fue llamado a Roma por el papa Julio II, quien le encargó trabajos mucho más importantes y urgentes (como su tumba y, más adelante, la Capilla Sixtina).
Michelangelo dejó Florencia y el fresco nunca llegó a ejecutarse.

Como resultado, dos de las obras más ambiciosas de la historia del arte nunca se completaron, aunque influyeron enormemente en generaciones posteriores.  

La escuela del mundo
Los esbozos de Leonardo y Michelangelo de las batallas que debían pintar en las paredes del Salón de los Quinientos fueron motivo de admiración por parte de artistas de todo el mundo. Según el escultor florentino Benvenuto Cellini (1500-1570), "mientras permanecieron intactas, fueron la escuela del mundo". La Florencia renacentista se consolidó como un taller vivo donde aprendices de todas partes podían aprender de los grandes maestros.

El desafío inmersivo del IDEAL
Los dos artistas más influyentes de todos los tiempos se reencuentran ahora, 500 años después, para resolver aquel desafío inconcluso. El desafío imperfecto que nos propone la exposición del Centre d'Arts Ideal de Barcelona es un viaje personal que contrapone la vida y la obra de los dos genios eternos para que cada uno de nosotros decida cuál es su preferido. ¿Leonardo o Michelangelo? No es fácil escoger, y puede que a medio camino cambies de elección pero en la "batalla final" hay que tomar una única decisión.

Este "cara a cara" que protagonizaron los dos maestros y que ahora se retoma para determinar quién es el ganador, hace entrar en juego, en esta ocasión, no sólo los esbozos de esos frescos que se proyectaron en el Salón de los Quinientos, en el Palazzo Vecchio, sino toda su obra; la influencia en el arte, la ciencia y la ingeniería, así como su manera de entender el mundo y la creación artística, que es casi antagónica. ¿Preparados?

Genios universales
"La competición entre Leonardo y Michelangelo dio pie a una nueva idea de "genio", la del artista como ser original y enigmático, en la que todavía hoy creemos. Fue en esta competición cuando por primera vez se reconoció plenamente a ambos artistas no como simples artesanos que realizaban un trabajo, sino como creadores casi divinos de nuestras obras". Jonhatan Jones, The Last Battles: Leonardo, Michelangelo and the Artistic Duel that Defined the Renaissance.
Leonardo (1452–1519)
"La sabiduría es hija de la experiencia"

Leonardo no fue solo pintor, fue el gran símbolo del hombre del Renacimiento: artista, científico, ingeniero, pensador y observador del mundo. Su genio no se limitó a una sola disciplina, sino que abarcó el conocimiento como un todo, guiado siempre por la observación directa de la naturaleza y la experiencia. Su vida fue un continuo diálogo entre arte y conocimiento, y aunque dejó muchas obras inacabadas, su influencia fue inmensa y duradera.

Desde muy joven destacó por una curiosidad insaciable. Para Leonardo, el arte no podía separarse de la ciencia: pintar significaba comprender cómo funciona el mundo. Estudió el cuerpo humano mediante disecciones, analizó el movimiento del agua, el vuelo de las aves, la luz, la geometría y la mecánica. Todo ese saber alimentó su obra artística.

Como pintor, revolucionó la representación de la realidad. Desarrolló técnicas como el sfumato, que permitía transiciones suaves entre luces y sombras, dotando a sus figuras de una profundidad psicológica inédita. Obras como La Gioconda, La Última Cena o La Virgen de las Rocas no solo muestran maestría técnica, sino una nueva forma de mirar al ser humano.

Leonardo trabajó para las cortes más importantes de su tiempo —Florencia, Milán, Roma y finalmente Francia—, donde fue valorado tanto por su talento artístico como por su capacidad para diseñar máquinas, fortificaciones, sistemas hidráulicos y espectáculos cortesanos. Sin embargo, su perfeccionismo extremo y su interés por múltiples campos hicieron que dejara muchas obras inacabadas.

En sus cuadernos, llenos de dibujos y anotaciones, Leonardo dejó miles de páginas que revelan una mente adelantada a su tiempo. Para él, el conocimiento no provenía de la autoridad ni de los libros antiguos, sino de la experiencia directa.

Leonardo murió en Francia en 1519, protegido por el rey Francisco I. Su legado no reside solo en las obras que terminó, sino en su forma de entender el mundo: una visión que unía arte, ciencia y pensamiento, y que sigue definiendo nuestra idea de genialidad.

Apasionado del dibujo, allí donde iba llevaba una libreta, perseguía a algunas personas para observar su fisonomía y dibujarlas con todo lujo de detalles, y escribía todo tipo de pensamientos y comentarios; hasta la lista de la compra. A lo largo de su vida, llenó 13.000 páginas de dibujos y apuntes.

Su retrato de Ginevra de'Benci es una de las primeras pinturas italianas al óleo, una técnica que ya utilizaban los maestros flamencos, pero que todavía era una novedad en la Italia del siglo XV. El dominio del óleo, que al principio mezclaba con huevo para superar algunas dificultades como arrugas y fisuras, permitió a Leonardo trabajar el sfumato y las veladuras, capas ultrafinas de pintura traslúcida superpuestas. Conseguía transiciones imperceptibles entre luces y sombras, dotando así a las figuras de un relieve y una profundidad extraordinarios.

 - Legado escrito
Leonardo transformó la forma de pintar el Renacimiento y más allá. Su observación científica de la luz, el movimiento y la anatomía influyó en generaciones de artistas. Su Tratado de Pintura codificó recursos como el sfumato y la perspectiva atmosférica, que se convirtieron en referencia obligada para artistas realistas y retrastistas.

 - Inspiración científica
Leonardo no sólo imaginó máquinas imposibles: estableció un modelo de pensamiento empírico que inspira hasta la fecha. Sus disecciones, estudios de hidráulica y dibujos anatómicos anticiparon el método científico. Sus cuadernos han servido de referencia para científicos, ingenieros y creadores multidisciplinares hasta la actualidad. Leonardo demuestra que arte, técnica y observación pueden fundar un pensamiento creativo universal.


Michelangelo (1475-1564)
"Sólo Dios crea. Los demás simplemente copiamos"

Miguel Ángel nació para esculpir la piedra y desafiar los límites del arte. Hijo de una sociedad marcada por la tradición y el poder de la Iglesia, vivió el Renacimiento como una lucha constante entre la materia y el espíritu.

Su obra refleja una fuerza física y emocional sin precedentes. El cuerpo humano, representado con una tensión dramática, se convierte en el centro de su lenguaje artístico. A diferencia de Leonardo, Miguel Ángel no observa: combate con el mármol, el color y la forma.

Escultor por vocación, pintor por obligación y arquitecto por responsabilidad, dejó obras que han definido la historia del arte: el David, la Piedad, el Moisés o los frescos de la Capilla Sixtina. Su relación con los papas fue intensa, conflictiva y productiva.

Para Miguel Ángel, el arte no era experimento ni curiosidad intelectual, sino una misión casi divina. La belleza nace del esfuerzo, del sufrimiento y de la fe. Su carácter solitario e indomable lo convirtió en un mito en vida.

Escribió más de 300 poemas. Algunos son textos amorosos dedicados a otros hombres, como los que dirige a Tommaso Cavallieri. En 1623, uno de los descendientes de Michelangelo cambió el género del destinatario de algunas composiciones del masculino al femenino, pero en el siglo XIX se recuperó su original.

Es considerado uno de los primeros urbanistas de la historia por su remodelación de la Plaza del Campidoglio de Roma, a la que dotó de unidad visual y escenográfica. Diseñó un escenario integral, donde edificios, esculturas, escaleras y pavimento forman un conjunto unitario. Este proyecto influyó profundamente en el urbanismo barroco y en su concepto de ciudad como obra de arte total.

 - El lenguaje del cuerpo
Michelangelo hizo de la escultura la expresión máxima de la condición humana, con sus tensiones internas. Sus desnudos poderosos y expresivos marcaron una revolución en el arte: manieristas y barrocos hasta llegar a Rodin se inspiraron en ellos y su influencia todavía está presente en algunos creadores contemporáneos. Su forma de representar el alma a través del cuerpo ha perdurado hasta hoy en disciplinas como la escultura, el teatro o el cine. Su impronta se reconoce allí donde el cuerpo se convierte en expresión dramática.

 - Arquitectura eterna
La cúpula de San Pedro del Vaticano, diseñada por él, fijó un modelo arquitectónico que se expandió por todo Occidente. Desde Londres hasta Washington, edificios civiles y religiosos han retomado su lenguaje monumental. Michelangelo rompió con sus reglas clásicas y pensó la arquitectura como una escultura habitable. Esta concepción expresiva, con formas macizas y ritmos dinámicos, abre sus puertas al Barroco e inspira hasta hoy a arquitectos que buscan emocionar con el espacio.

Ruta Michelangelo y Ruta Leonardo
Aún hoy, Florencia es una ciudad con sello Michelangelo. A parte del famoso David, se pueden ver otras obras del artista, como el Tondo Doni, la única pintura suya que se guarda en la ciudad; los Esclavos (Prigioni) que debían completar la tumba de Julio II; varias obras de su juventud; y la Piedad bandini, obra de su madurez. En cambio, la huella de Leonardo en Florencia es más difícil de seguir. Se conservan las obras de Verrochio en las que colaboró, pero pasó muchos más años en Milán, donde se puede visitar La última cena, y después en Francia, bajo la tutela del rey. Su obra está dispersa en todo el mundo, desde el Louvre a bibliotecas y colecciones privadas como la de Bill y Melinda Gates, que en 1994 compraron el Códice Leicester.

Palabras de uno y otro
Leonardo me pareció, a lo largo de la exposición, un personaje racional, analítico, observador, detallista. Y me transmitió sensatez, equilibrio y moderación: "Si quieres mantenerte sano, sigue este régimen: no comas si no tienes hambre y cena ligeramente, mastica bien, y asegúrate de que lo que comes está bien cocinado y sea sencillo. Quien toma medicinas se hace daño a sí mismo; no des paso a la cólera y evita el aire cerrado; mantente en pie cuando te levantes de la mesa y no te permitas dormir a mediodía. Sé moderado con el vino: toma un poco con regularidad, pero solo con las comidas y nunca con el estómago vacío. Cuando hagas ejercicio, que sea moderado. No te quedes con la barriga retorcida ni la cabeza agachada y procura estar bien abrigado durante la noche. Descansa la cabeza y mantén el ánimo alegre: huye del desenfreno y presta atención a la dieta".

Michelangelo se mostró como un poeta sumido en un conflicto eterno entre las cosas que se contraponen, lo que me conectaba con su "terribilità", esa intensa fuerza, poder y dramatismo con las que impregnaba sus obras, especialmente en la representación de figuras que contraponen lo divino y lo humano: "Mi alegría es la melancolía y mi reposo son las fatigas extremas; y mi consuelo es vivir sin esperanzas, y, hablando de muerte, ser más cruel. Del llanto, gozo, y del dolor, deseo; de noche velo y de día el sueño me oprime; y para ganar he gastado todo mi bien, y para agradar, a mí mismo me tengo en odio e ira".

Leonardo > experiencia, observación, ciencia
Michelangelo > fe, fuerza, tensión, lucha interior

Michelangelo parece que concibe el arte como lucha, sacrificio, fe, esfuerzo físico y espiritual. No como experimento ni curiosidad intelectual (eso sería Leonardo), sino como misión casi divina.

En las vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores, Giorgio Vasari escribe: "Leonardo da Vinci, cuya belleza física no se puede alabar lo suficiente, cuyos movimientos tenían una gracia infinita y cuyas facultades eran tan extraordinarias que podía resolver cualquier problema difícil que se propusiera. Poseía una gran fuerza personal, combinada con destreza, y un espíritu y un coraje invariablemente regios y magnánimos". De Michelangelo asegura que Dios, para resolver numerosos errores de los hombres, decidió "enviar al mundo un espíritu que, en cada una de las artes, y en todas las profesiones, fuese universalmente capaz y por sí solo mostrara la perfección del arte del dibujo, en materia de línea, contorno, sombra y luz, y diera relieve a las figuras de la pintura y con juicio recto obrase en escultura".

Millones de fans - comparativa entre ambos


La exposición me sirvió para refrescar conocimientos, aclarar algunas cosas, descubrir otras y deleitarme en detalles. Admiro a ambas figuras y debo admitir que antes de entrar ya tenía una preferencia. Pero llega la batalla final y hay que decidir, y yo me sigo declarando ... 

Team Leonardo :)

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Vasa: el museo marítimo más visitado del mundo

historia galeón buque vasa estocolmo
Una de las visitas imprescindibles en Estocolmo es el Museo Vasa, construido especialmente para albergar un enorme buque de guerra que se hundió en 1628 y fue rescatado 333 años más tarde de las profundidades del mar, reconstruyéndose con un 98% de piezas originales y centenares de esculturas talladas. A día de hoy, el Vasa es la nave del siglo XVII en mejor estado de conservación del mundo. Se exhibe en este museo de la capital sueca, al que vale la pena acudir a primerísima hora, justo cuando abren, para poder deleitarse tranquilamente y sin apenas gente por las distintas exposiciones que relatan su historia.

El Vasa fue un galeón encargado por el rey sueco Gustavo II Adolfo y comenzó a construirse en Estocolmo en 1626. En su elaboración participaron unas 400 mujeres y hombres durante 3 años de duro trabajo. Era una embarcación robusta de 3 mástiles, 10 velas, 52 metros de altura, 69 de eslora y un peso de 1.200 toneladas. Con sus 64 cañones, el Vasa estaba llamado a ser el orgullo de la flota de la gran potencia sueca.

Pero en 1628, nada más salir de puerto en su viaje inaugural, el Vasa escoró y naufragó en las aguas de la ciudad. Mientras el imponente buque abandonaba lentamente el puerto, todos los cañones se asomaban por sus puertas abiertas disparando las salvas de honor. Tras varios golpes de viento, el barco se ladeó, el agua comenzó a entrar a borbotones por esas puertas y acabó yéndose a pique. Todo pasó muy rápido y de las aproximadamente 150 personas a bordo, perdieron la vida entre 30 y 50. La mayoría sobrevivió porque en el momento del hundimiento iban en la cubierta del barco, y porque muchas de las personas que se concentraron en el puerto para verlo zarpar pudieron ayudar a los naufragados.

Por qué se hundió el Vasa
El Vasa tendría que esperar hasta 1961 para ver de nuevo la luz pero, ¿cómo pudo hundirse tan fácil y rápidamente un buque de esa magnitud, hecho por los constructores navales más experimentados y con las medidas que el mismo rey había aprobado? La nave iba a ser usada en combates, y por lo tanto se esperaba que aguantara tanto los embates enemigos como las tormentas. Hoy se cree que el barco estuvo mal construido y que fue mal navegado. La nave era inestable porque su centro de gravedad era excesivamente alto. Sin embargo, si las puertas de los cañones no hubieran estado abiertas, el agua no habría entrado y el Vasa seguramente se hubiese enderezado por sí mismo y habría seguido navegando.

El Vasa también se hundió porque en el siglo XVII no se aplicaban todavía cálculos teóricos para la estabilidad de las embarcaciones, basándose su construcción en las experiencias previas. Para introducir novedades tecnológicas –en el caso del Vasa, artillería pesada dispuesta sobre una batería doble– había que probar a tientas. El Vasa pesaba demasiado sobre su línea de flotación y fue incapaz de enderezarse para recuperar el equilibrio cuando el viento lo escoró.

La recuperación del navío
Anders Franzén, un técnico marino sueco y arqueólogo naval aficionado, sentía fascinación por los pecios que reposaban bajo las aguas del archipiélago de Estocolmo. Guiado por información obtenida de documentos del siglo XVII, Franzén buscó el Vasa entre los veranos de 1954 a 1956 con ayuda de rastras que acarreó por el fondo marino desde una lancha motora. En agosto de 1956, al explorar junto con el buceador Per Edvin Fälting en las proximidades del islote de Beckholmen, la draga quedó atrapada en un objeto de madera de roble de gran tamaño. Habían dado con el Vasa.

En otoño de 1957, los buzos iniciaron el despeje de túneles bajo el navío para los futuros cables de izamiento. El buque emergió del agua en abril de 1961, recuperándose con él más de 14.000 piezas sueltas de madera. El navío y sus distintos elementos se conservaron por separado, convirtiéndose en el mayor rompecabezas técnico del mundo cuando hubo que restituir todas esas piezas que, por cierto, entrañan un simbolismo fascinante: ninguna esta creada y colocada ahí por azar. 

El simbolismo del Vasa
Los navíos de esa época eran como exposiciones de arte flotantes. Los adornos y esculturas del Vasa son una de las colecciones de arte más grandes del mundo. El propio barco estaba pintado con colores llamativos y fuertes, con el objetivo de impresionar. El esplendor y la extravagancia eran manifestación de riqueza y poder en aquella época. 

Por poner un ejemplo de la carga simbólica de las esculturas podemos detenernos en el análisis de la popa del barco. Allí puede verse el escudo de armas de la familia del rey, el escudo de los Vasa, apoyado por querubines y adornado con la gavilla, símbolo de armas de la familia Vasa. Los querubines sujetan una rama de olivo en una mano y están flanqueados por unos generosos racimos de frutas llamados festones, símbolos de paz y prosperidad. En la pared sobre el escudo de los Vasa está el escudo nacional sueco sostenido por dos enormes leones. Los leones son un recurso heráldico universal para proyectar fuerza, autoridad y un linaje digno de protección. El león es el "rey de las bestias", un emblema de poderío militar y autoridad, así que estos leones aquí, en la parte trasera de la embarcación, refuerzan la imagen de Suecia como una nación fuerte y poderosa bajo el gobierno de la dinastía Vasa, la familia real regente en ese momento, siendo símbolos de soberanía y protección del reino. 

Por cierto que la proa del barco está presidida por la escultura de un animal que, de nuevo, vuelve a ser un imponte y colosal león.

Volviendo a la popa, en la parte superior hay una gran escultura arqueada con la imagen de un joven imberbe. Tiene el pelo largo y suelto y está rodeado de dos grandes grifos, animales mitológicos mitad león mitad águila, que sostienen una corona sobre su cabeza. Bajo la escultura se pueden leer las letras GARS (Gustavus Adolfus Rex Suecia).

El joven imberbe representa por tanto a Gustavo II Adolfo, aquí esculpido como un niño de unos 10 años de edad. Coronando la popa de esta manera, se ha querido dejar claro para todo el mundo que ya en ese momento, siendo tan pequeño, él era el elegido para ser rey de Suecia, una clara provocación a Segismundo de Polonia (con quien su padre mantuvo un enorme conflicto para llegar al poder), que alegaba su derecho al trono sueco.

La conservación del Vasa
Inmediatamente tras el rescate, la nave fue rociada con agua para que no se secara, agrietara ni rompiera. Después fue rociada durante 17 años con un conservante, para dejarse secar 9 años más. Hoy el Vasa descansa en una cuna en la que el casco está apuntalado en algunas partes, con lo que corre riesgo de dañarse. Pero hay planes para construir una nueva cuna, donde el peso del buque se reparta de manera más apropiada. Con la ayuda de 400 puntos de medición repartidos por el barco, hasta los más mínimos movimientos del casco pueden ser observados con las estaciones de medición en el museo. Esas mediciones muestran que el casco se mueve hacia abajo alrededor de 1 mm por año y que la popa se gira un poco. El casco del Vasa está construido por miles de componentes, que se mantienen unidos por más de 5.000 pernos de hierro y 30.000 conexiones de madera. Algunos de los pernos miden hasta 2 metros de largo, para poder traspasar las partes macizas de la nave. Un problema que se ha presentado es que el hierro se ha oxidado, lo que ha provocado reacciones químicas que en el futuro dañarán la madera. Por eso se ha iniciado un proyecto piloto para cambiar esos pernos por unos de nuevos, de acero inoxidable. Adicionalmente, después de ciertos problemas respecto al aire de la sala del museo, en 2004 se instaló un nuevo sistema de aire acondicionado. Ahora el aire del museo es estable, con una humedad ambiental y una temperatura más idóneas para la nave. El trabajo de conservación del Vasa está siendo un auténtico desafío, un viaje exploratorio son fin. Nunca antes se ha hecho algo similar, y lo que se aprende durante este proceso, será de gran ayuda para el mantenimiento y cuidado de otros buques de madera en el mundo.

Actualmente el Vasa continúa realizando una labor de divulgación sobre su época y hay en curso distintas iniciativas de investigación en torno a la conservación del buque, desde la madera hasta su armazón y los restos de tejidos. El objetivo es preservar el buque para las generaciones futuras pues, a día de hoy, dada su difícil labor de conservación, no se puede afirmar que vayamos a poder verlo ahí para siempre.

jueves, 9 de octubre de 2025

Un Amor Como Fuegos Artificiales

La salud mental se ha convertido en la principal preocupación sanitaria de la población española, según el Monitor Global de la Salud Mental de Ipsos, especialmente para los más jóvenes: 67% millenials, 63% generación Z y 57% los baby boomers (estos últimos ponen el cáncer por delante -63%-).

Cada año publican este estudio y el destino ha querido que precisamente hoy, a las puertas del Día Mundial de la Salud Mental, haya terminado de leer Un amor como fuegos artificiales, de Marta Espí, una novela valiente y esperanzadora que aborda la salud mental juvenil con una delicada mezcla de crudeza, ternura y verdad.

Me ha emocionado por su mirada positiva hacia la sensibilidad, por el trabajo de documentación que lleva detrás y por su forma de recordar lo esencial: escuchar, acompañar, abrazar.

Marta sólo tiene 20 años y es alumna del Tecnocampus-Mataró (UPF). Me impresiona su madurez y la valentía con la que se estrena como escritora, abordando un tema tan necesario.

En la novela desfilan, uno a uno, los distintos problemas de salud mental. Se habla de ellos sin tapujos ni maquillajes, poniéndolos sobre la mesa con crudeza y honestidad, y permitiendo que los sentimientos nos atraviesen desde todos los puntos de vista. Así, podemos conocerlos, entenderlos y vivirlos desde diferentes ángulos, a través de unos personajes que se vuelven entrañables.

La historia, inevitablemente, destila tristeza, dolor y angustia, pero también esperanza, luz y amor. Un amor auténtico: el que se basa en el cariño, el respeto, la confianza y la comunicación. Por eso también es destacable que, en un momento en el que la pornografía ha adelantado por la derecha a nuestros jóvenes en su aprendizaje sobre sexualidad, tome protagonismo una historia de amor que se cuece a fuego lento.

Y todo ello, relatado de una manera muy especial, combinado de forma mágica la dureza del tema con una dulzura preciosa, que atrapa con sus giros argumentales. Una autora joven que llega para dejar huella.

En un día como hoy, la lectura de este libro me ha hecho pensar que hablar de salud mental no debería ser un acto de valentía, sino algo natural.

Que no es un signo de debilidad, sino de humanidad.

Que detrás de cada historia, real o inventada, hay un deseo común: ser comprendidos.

Y que la literatura, a veces, también puede ser una forma de cuidar.

miércoles, 3 de septiembre de 2025

Askepot en Tívoli: la joya que no buscaba

Llegamos a los Jardines de Tívoli, en Copenhague, el 24 de agosto. Nada más entrar, antes de recorrer la zona de las atracciones antiguas, nos detuvimos frente al teatro al aire libre. Faltaban quince minutos para las tres, hora de una función cuyo contenido desconocíamos.

Nos sentamos en un banco para descansar y decidimos esperar a ver qué era. Pronto descubrimos que se trataba de una representación de Cenicienta, contada a través del ballet. Al principio no lo supimos: sobre el escenario, bailarines saltaban y giraban con ligereza, con unas letras a su espalda que, al colocarse al final de la escena, formaron la palabra “Askepot” (Cenicienta, en danés).


La función fue una delicia. Dulzura y delicadeza envolvían cada gesto, cada movimiento. La música sonaba actual, los vestidos eran preciosos y el escenario estaba cuidado al detalle. La obra combinaba momentos emotivos con toques de humor, transmitidos tanto por los personajes como por la forma creativa de representar cada escena. En el público, las sonrisas y los aplausos eran unánimes. A mis espaldas, un conmovido turista italiano repetía un sentido “bellísimo, bellísimo” que resumía perfectamente la experiencia.

 Fotos: Michelle Borg (https://www.tivoli.dk/en/programme/events/cinderella)

Fotos: Annett Ahrends (https//www.tivoli.dk/en/programme/events/cinderella)

Más tarde supe que lo que vimos había tenido un "toque real". Y es que la escenografía y el vestuario habían sido diseñados por la mismísima reina Margarita de Dinamarca, apasionada del teatro y el ballet desde niña, con una larga trayectoria colaborando en producciones tanto amateurs como profesionales. Su implicación en los espectáculos del Teatro de Pantomima de Tívoli ha dado vida a varios clásicos de Hans Christian Andersen y también a "El cascanueces" de Tchaikovsky, siempre con un sello creativo muy personal.

En esta ocasión, la puesta en escena se completó con la imaginativa coreografía del reconocido coreógrafo ruso Yuri Possokhov (ex bailarín principal del Ballet de San Francisco, el Ballet Real Danés y el Ballet Bolshoi) y los arreglos musicales de la cantautora y productora discográfica danesa Nanna Øland Fabricius, más conocida por su nombre artístico Oh Land. El resultado: un espectáculo que parecía flotar entre lo clásico y lo contemporáneo, lleno de magia visual y musical.

La obra se representaba desde el 21 de junio, y el 24 de agosto, justo el día que nosotros asistimos, era la última función. Ir al Tívoli en cualquiera de los otros días de nuestra estancia habría significado perdérnoslo. Además, el acceso estaba incluido con la entrada general, una de las atracciones de la Copenhaguen Card. Todo ello me hizo valorar que tuve una suerte tremenda de poder contemplar una auténtica perla, de lo mejor que me llevo de mi estancia en Copenhague.

Foto: Annett Ahrends (https://www.tivoli.dk/en/programme/events/cinderella)

Grabé un breve fragmento para poder conservar un recuerdo al que volver de vez en cuando. Es la escena en la que el príncipe y Cenicienta se conocen en el baile y empiezan a bailar juntos, justo antes de que el reloj marque la medianoche. El resto del tiempo decidí olvidarme del móvil y dedicarle a aquel momento mi plena atención, para vivirlo con toda su intensidad, inmersa con todos mis sentidos en la atmósfera de aquel espectáculo. Pero así guardo un pedacito de Askepot para compartirlo con quien quiera disfrutarlo. 

Vídeo: Relatos de Meri (losrelatosdemeri.blogspot.com)

A veces, lo más bonito que te llevas de un viaje no está en lo que has planificado. Simplemente te sorprende de forma inesperada. No lo buscas, lo encuentras. Y ésta, sin duda, fue una de las joyas más hermosas que me llevé de la ciudad de las bicicletas, los palacios reales y La Sirenita.

lunes, 10 de febrero de 2025

Porto: dos autores, un libro

El día amaneció gris, con esa llovizna que parecía haber sido creada para Porto, como un velo que envuelve la ciudad en un misterio melancólico. Era pleno invierno, y habíamos escogido este destino para escaparnos a celebrar nuestro vigésimo tercer aniversario de boda. Habíamos llegado el día anterior, alojándonos en un encantador hotel en la Plaza de Batalha. Allí, al descubrir el motivo de nuestra visita, nos habían obsequiado con unos pequeños dulces, un gesto amable que parecía augurar un viaje inolvidable.

Con un paraguas recién comprado, comenzamos a recorrer la ciudad. Nuestro primer destino fue el Barrio de la Ribeira, con sus casas coloridas y sus empedradas calles. Desde allí caminamos hasta el Puente Dom Luís I, contemplando durante el camino los rabelos, las embarcaciones típicas que durante siglos transportaron el vino de Porto.

Yendo hacia la Catedral, una curiosa imagen captó mi atención. Era un balcón en el que se leía con letras blancas “Varanda da Saudade”, acompañado de guitarras y gatos negros de cartón sobre la barandilla. Me detuve, fascinada, y le saqué una foto. Había algo en esa palabra, saudade, que resonó en mi interior, aunque en ese momento no entendiera exactamente por qué. Fue solo al volver a casa cuando decidí investigar su significado. Y entonces descubrí el poema de Miguel Falabella, que la define sin traducirla -algo que siempre me ha maravillado, las palabras sin traducción-, y que me acompañaría desde entonces, como un eco de aquel viaje que no quería dejar atrás.

Más tarde, visitamos la Livraria Lello. Al recibir mi ticket de entrada me fijé en la frase del reverso: "Un libro siempre tiene dos autores: el que lo escribe y el que lo lee". Esa frase se quedó unos instantes conmigo mientras recorríamos la librería, subiendo su icónica escalera carmesí y admirando la luz que entraba por el precioso vitral en el techo. Pensé en esa doble visión que podemos tener ante los mismos hechos; esa interpretación personal que hacemos ante una misma narración; en esas dos maneras diferentes de sentir una misma vivencia.

Esa tarde cruzamos a Vila Nova de Gaia y nos dejamos llevar por la calidez del vino de Porto en una cata improvisada en la Real Companhia Velha. Las risas cómplices al salir nos duraron un buen rato, pues el vino se nos subió a la cabeza sin remedio ni disimulos. Estuvimos callejeando durante horas, dándonos una pausa en la Casa Portuguesa do Pastel de Bacalhau, donde nos sentamos a degustar el sabor único de su buñuelo de bacalao con queso Sierra de la Estrella, mientras escuchábamos la música de órgano de tubos portugués. Una experiencia deliciosa y única. Allí nos regalaron unas copas grabadas con la fecha de ese día: 1 de febrero de 2020. Fue un detalle tan simple y a la vez tan significativo que decidimos conservarlas como un símbolo de la celebración de nuestro aniversario.

El viaje terminó en el Café Majestic, con un pasteis de nata y una torrija que cerraron el círculo de una experiencia que, sin saberlo, sería el preludio de tiempos oscuros. Apenas unos días después, el mundo comenzaría a hablar de un virus que lo cambiaría todo. Pero en ese momento, bajo el cielo plomizo de Porto, lo único que existía era nuestro amor, constante y profundo como el río Duero, y esa ciudad que se iba a instalar para siempre en mi corazón.

Porto me enseñó que cada historia tiene múltiples lecturas. La nuestra es una mezcla de amor y saudade: amor por lo que vivimos y saudade por lo que algún día esperamos volver a vivir. Tal vez, en algún rincón de la ciudad, nos espera el capítulo donde volvamos no como turistas, sino como parte de su paisaje, viviendo una temporada entre sus calles y cafés llenos de vida. 

Y es que así es, ciertamente: siempre hay dos autores. En la vida, como en los libros, no se trata solo de lo que sucede, sino también -y especialmente- de cómo lo vivimos. Y esa vivencia siempre es una coautoría entre lo que el mundo nos da y lo que elegimos hacer con ello. Lo que Porto me ofreció (sus paisajes, su historia, su cultura), y lo que yo interpreté y sentí en esos momentos, permitiendo que este bonito rincón de Portugal me impregnara de una huella imborrable.