miércoles, 13 de mayo de 2026

PAS: vivir con alta sensibilidad

PAS es el acrónimo para Personas Altamente Sensibles, un término que describe a quienes experimentan el mundo de manera más intensa y profunda, influyendo significativamente en su forma de percibir, procesar y responder a los estímulos del entorno

Se estima que aproximadamente el 20% de la población es PAS.

Ser PAS no es lo mismo que ser sensible. Uno puede ser físicamente sensible al frío o emocionarse y ser capaz de percibir fácilmente los sentimientos de los demás. Hasta cierto punto, todos somos sensibles a algo en nuestras vidas. Pero cuando se habla de PAS, se habla de un rasgo de personalidad que fue utilizado por primera vez por los psicólogos en la década de 1990 para describir a alguien con una profunda sensibilidad a las situaciones e información físicas, emocionales o sociales que lo rodean.

Las PAS suelen ser personas inteligentes, con gran capacidad intuitiva y con un pensamiento y un procesamiento de los estímulos y la información más profundo, es decir, analizan mucho más lo que sucede a su alrededor y en su interior. Suelen ser personas muy observadoras y reflexivas que piensan mucho las consecuencias de las situaciones antes de tomar una decisión. Suelen evitar programas de televisión o películas que sean violentos, son capaces de encontrar la belleza en casi cualquier cosa, ya sea arte o algo de la naturaleza y tienen una vida interior muy rica. Por el contrario, se sienten fácilmente abrumadas por ruidos, luces brillantes e incluso ropa incómoda. Tienen a sentirse ansiosas y necesitan tiempos de inactividad.

Debido a esa forma diferente de percibir, procesar, reaccionar y sentir, suelen ser muy inseguros y susceptibles, pero eso no quiere decir que padezcan una patología.

La alta sensibilidad no es una enfermedad, ni un trastorno, ni una debilidad. Ser PAS es una característica personal que diferencia a estas personas de la mayoría y que define su manera de interactuar con el mundo. Comprender, reconocer, aceptar y gestionar este rasgo es crucial para el bienestar de las PAS y poder aprovechar así sus beneficios y manejar sus desafíos de manera efectiva.

Qué caracteriza concretamente a una PAS

  • Mayor percepción sensorial: experimentan los estímulos sensoriales (luces, sonidos, olores, texturas) con una intensidad superior, lo que puede ser placentero, pero también llevar a la sobreestimulación.
  • Empatía profunda: poseen una gran capacidad para sentir y comprender las emociones ajenas, lo que facilita relaciones interpersonales significativas: son el mejor amigo que alguien puede tener.
  • Respuesta emocional elevada: reaccionan de manera intensa a las experiencias, sean positivas o negativas, lo que puede hacerlas más vulnerables al estrés, pero también les permite disfrutar con mayor intensidad los momentos felices.
  • Análisis profundo y pensamiento reflexivo: tienden a procesar la información de manera más detallada, lo que las hace observadoras y reflexivas, pero también propensas a la rumiación interna y la preocupación excesiva.
  • Gran sensibilidad ante el arte y la creatividad: se sienten profundamente conmovidas por la belleza y las expresiones artísticas, disfrutándolas con gran intensidad.
  • Fuerte compromiso con sus valores: son personas íntegras, guiadas por principios personales sólidos y con dificultad para actuar en contra de ellos sin sentirse mal.
  • Intuición aguda: perciben matices y detalles que otros pueden pasar por alto. Esa percepción más rica y matizada de la realidad les permite tomar decisiones basadas en una comprensión sutil del entorno.

Si bien ser PAS aporta ventajas únicas, también conlleva retos importantes:

  • Sobreestimulación y fatiga: los entornos con muchos estímulos (ruidos, luces intensas, olores fuertes) pueden resultar agotadores. Necesitan momentos de soledad para recuperarse y procesar sus emociones.
  • Dificultad para gestionar el estrés: la acumulación de tareas y la presión pueden abrumarlas, por lo que es clave establecer prioridades y abordar los problemas en pequeños pasos.
  • Tendencia a asumir cargas emocionales ajenas: su extraordinaria empatía puede llevarlas a absorber el malestar de los demás, a asumir cargas en su mochila emocional que no son suyas, lo que impacta en su bienestar emocional.
  • Sensibilidad ante las críticas: suelen sentirse heridas con facilidad ante comentarios negativos y pueden experimentar culpa o inseguridad en estas situaciones.
  • Somatización del estrés: a menudo manifiestan tensión muscular, migrañas o problemas gastrointestinales como respuesta a la ansiedad o la sobrecarga emocional.
  • Dificultad para adaptarse a cambios: necesitan tiempo para procesar nuevas situaciones y ajustar su ritmo de manera progresiva.

Las PAS se caracterizan por un nivel feroz de autocrítica, overthinking, nostalgia y culpabilidad. ¿La causa? Una descompensación del arousal, el nivel de excitación cortical. “Cada uno tenemos un nivel en el que percibimos una mayor sensación de bienestar. El nivel de las PAS se descompensa con estímulos más bajos que para la media de personas”. Los estímulos en cuestión pueden ser de lo más diverso: “La sensibilidad tiene que ver con este mecanismo perceptivo: pueden ser sensibles con un ruido, una imagen, la meteorología …”.

Convivir con una PAS

Las PAS tienen una vida interior rica y compleja que a veces necesitan compartir con los demás. Se trata de personas que necesitan sentirse escuchadas y desahogarse para procesar toda esa carga emocional que recogen en su “mochila”. Si conoces a una persona con estas características, una de las mejores formas de ayudarla es brindarle un espacio para expresarse y sentirse comprendida. Escuchar con atención y validar sus emociones puede marcar una gran diferencia en su bienestar. Además, aprender a valorar su manera de experimentar el mundo puede enriquecer tu propia percepción de la realidad.

Existe un día en el calendario para dar visibilidad a este rasgo de personalidad: el 6 de octubre se celebra el Día de las Personas Altamente Sensibles (PAS). 

Se dice que el rosa, como color favorito, representa a un individuo cariñoso, amable y sensible, a menudo con un lado fuerte y sensual. Pues para ti, si eres PAS.

💗

Otro día cuento por qué y de qué de manera el arte y la naturaleza impactan tanto en las personas altamente sensibles.

domingo, 3 de mayo de 2026

Los frescos de Simberg en la Catedral de Tampere

La Catedral de Tampere es un templo luterano construido en 1907 que destaca por su fachada de granito gris y su tejado rojo. El granito gris utilizado fue extraído de la región de Uusikaupunki, en el suroeste de Finlandia, y su elección como material es característica del Romanticismo Nacional finlandés, un estilo que buscaba resaltar la identidad del país mediante el uso de materiales naturales y autóctonos.

Aunque técnicamente es granito, en el contexto histórico y popular de Finlandia a menudo se hace referencia a este tipo de construcciones monumentales como "iglesias de piedra gris" (harmaakivikirkko en finés). La catedral combina esta robusta piedra con un llamativo tejado de tejas rojas, creando un contraste visual icónico en la ciudad.

Esa imagen exterior de la catedral resulta embelesadora, pero nada más entrar, uno se queda inmediatamente prendado de la belleza de todos los frescos que la decoran. La mayoría son de Hugo Simberg, el pintor simbolista finlandés que recibió el encargo para realizarlas, y el mismo que pintó dos años antes el cuadro hoy considerado como preferido de los finlandeses.

Se trata de unas pinturas que fueron muy polémicas durante muchos años, por las que el artista recibió muchas críticas. Simberg pintaba temas algo macabros, sobrenaturales y existenciales con un toque melancólico y a veces humorístico, y viendo los frescos de la catedral, uno llega a comprender que estas pinturas no gustasen en su momento a la población porque difieren totalmente de la estética clásica y tradicional de pintura eclesiástica. 

Sin embargo, en la actualidad se consideran obras maestras del Simbolismo finlandés -una corriente artística de finales del siglo XIX-, y son reconocidas mundialmente como una de las obras de arte eclesiástico más importantes del norte de Europa. Además, son el mayor atractivo turístico de la catedral y resultan fundamentales para entender la visión de Simberg sobre la vida, la muerte y la espiritualidad.

El jardín de la muerte

Se trata de un jardín que se aleja mucho de la visión lúgubre tradicional que podemos tener de la muerte. Aquí no se la retrata con miedo sino con calidez y dedicación; como un proceso tierno, de cuidado y tránsito hacia el paraíso.


La escena representa el lugar donde los muertos terminan antes de ir al cielo. Un lugar intermedio, de tránsito entre la vida y el cielo, donde los esqueletos, que normalmente asociamos a figuras clásicas de la "danza de la muerte" medieval, aquí no acechan sino que son benevolentes, y actúan como jardineros dedicados y cariñosos.

Estos esqueletos bondadosos cuidan almas humanas, que están esperando, y que están representadas por plantas en tiestos que necesitan cuidados. Se las representa como seres inmaduros o en crecimiento, convirtiéndolas así en una metáfora de la propia vida. 

La obra fue creada durante un periodo de enfermedad del artista, y refleja una visión personal que desafía el temor a la mortalidad, viéndola como una etapa natural y serena. Es una obra que busca la belleza en lo macabro, caracterizada por su atmósfera de quietud, silencio y cuidado amoroso en un entorno de ultratumba.


La serpiente bíblica

En la cúpula de la Catedral puede verse una serpiente alada con una manzana en la boca. Simboliza la caída, el pecado y la corrupción. Representa la tentación de Adán y Eva, posicionada en el punto más alto para recordar la lucha humana contra el pecado, rodeada de alas de ángel para sugerir que el bien prevalece.

Es una interpretación de la serpiente del Edén, pero estilizada con alas rojas sobre un fondo rojo, un color que recuerda la sangre y simboliza la naturaleza peligrosa, la tentación y la corrupción humana tras la caída en el Edén, reforzando la interpretación de la serpiente como el diablo o el mal.

Aquí Simberg se aleja del abordaje de la la muerte y la redención con un tono melancólico para recordarnos que el mal está presente, pero también bajo la supervisión divina.  

La obra causó gran revuelo en su época, con críticas que la consideraban inapropiada para una iglesia, llegando a proponerse su eliminación (muchos la interpretaron como un triunfo del pecado dentro del templo).

Los portadores de guirnaldas 

El fresco de los Portadores de Guirnaldas representa el camino de la vida, adornado con rosas (belleza y alegrías) y espinas (sufrimientos y dificultades con las que cargamos).

Cada uno de los doce niños desnudos -que representan a los doce apóstoles- sostiene la guirnalda de una manera distinta. Simberg explicó que esto simboliza cómo cada persona carga con sus propios problemas de forma única: para algunos el peso es ligero, mientras que para otros es una carga abrumadora. 


Los niños simbolizan a los discípulos de Cristo cargando la "vid de la vida" hacia la eternidad. En lugar de pintar figuras angelicales perfectas, el artista usó como modelos a niños reales de familias trabajadoras de Tampere, lo que otorga a las figuras una vulnerabilidad realista y andrógina, enfatizando así que el sufrimiento y las dificultades son inherentes a la condición humana y que cada individuo debe encontrar su propia forma de sobrellevarlos.


En su momento, la obra generó un fuerte rechazo. Los críticos cuestionaron la desnudez de los niños en un recinto sagrado y la atmósfera melancólica del conjunto, que se alejaba de la iconografía religiosa tradicional. A pesar de ello, hoy se considera un tesoro nacional que muestra la aceptación de la imperfección humana, al alejarse de la idealización religiosa tradicional y centrarse en la vulnerabilidad, el dolor y la dualidad de la existencia: el cuerpo y el alma, el bien y el mal, las alegrías y las penas, la vida y la muerte.

El ángel herido

Si uno eleva la vista al segundo piso (donde también hay un órgano gigantesco precioso), a la derecha, encima de la zona del altar, se halla una réplica del cuadro favorito de los finlandeses


El original de El ángel herido (1903) está, en el museo Ateneum de Helsinki, así que lo que uno ve aquí es otra versión del cuadro, hecha por el propio Hugo Simberg. Cuando el pintor decoró la catedral (1905–1906), pintó una versión en fresco del mismo cuadro adaptada al espacio de la iglesia. Y que esté arriba, en el mismo piso donde está el órgano, no es casual. Funciona casi como una imagen suspendida entre lo terrenal y lo espiritual, lo que encaja con el tono general de Simberg: lo sagrado tratado desde lo frágil, lo ambiguo, incluso lo inquietante. Así que en realidad no una copia cualquiera sino algo bastante especial: una segunda encarnación de una de las imágenes más importantes del arte finlandés, colocada justo en el contexto para el que él mismo la quiso reinterpretar.


La Resurrección (Ylösnousemus)

Finalmente, la gran obra que ilumina el recinto nada más entrar, debajo del vitral de la iglesia, es un fresco de Magnus Enckell, otro pintor simbolista finlandés, el primero que rompió con el Naturalismo.


Ese retablo principal de la Catedral muestra la resurrección futura de la humanidad, con figuras desnudas que emergen y avanzan hacia la luz. Destaca porque incluye personas de distintas razas, algo bastante moderno para su época (principios del siglo XX). A diferencia del tono oscuro y simbólico de Simberg, Enckell usa un lenguaje más clásico, luminoso y esperanzador. Es el gran contrapunto a los frescos de Simberg: menos inquietante y más universal, centrado en la redención y la unidad humana.

En “La Resurrección” la escena está dividida de forma muy deliberada: a un lado aparecen figuras más pesadas, asociadas al sufrimiento, la caída o lo terrenal. Al otro, una procesión de figuras que avanzan con calma, casi desapegadas, hacia una luz más clara. Ese contraste puede dar la sensación de “indiferencia”, como si unos ignoraran el dolor de los otros. Pero en realidad no es tanto un juicio moral como una transición espiritual. Las figuras que avanzan no están ignorando el sufrimiento, sino que ya han pasado por él o lo han dejado atrás. Esa actitud serena, casi impasible, es intencionada: representa un estado distinto, más allá del dolor físico o emocional.

También hay que tener en cuenta el contexto: a principios del siglo XX, el simbolismo nórdico buscaba representar ideas abstractas (vida, muerte, redención) más que emociones dramáticas explícitas. Por eso las figuras parecen contenidas, incluso frías. Esa ambigüedad -entre consuelo y desconexión- es parte de lo que hace que la obra resulte tan inquietante para muchos visitantes.

Es una lástima que las fotos no hacen justicia a la inmensa sensación de belleza, modernidad y luz que se percibe al entrar. Esa majestuosidad, solemnidad y originalidad, que te hacen sentir que no estás en la típica catedral clásica, sino en una que tiene una personalidad propia y sorprendente. Es fascinante. Así que vale la pena incluir la visita al interior de la catedral si uno visita Tampere, la tercera ciudad más grande de Finlandia, capital mundial de la sauna, situada en un istmo, en medio de una zona llena de naturaleza, bosques, costas recortadas y rodeada de dos lagos (Näsijärvi y Pyhäjärvi), en los que en verano la gente se baña y en invierno patinan sobre hielo. La ciudad de los museos de Vapriikki, en la antigua fábrica de Tampella; la ciudad del Museo de los Moomins, esos personajes literarios creados por la autora e ilustradora Tove Jansson en 1945, de color blanco y aspecto parecido a hipopótamos, cuyas historias (presentadas en novelas, cuentos y cómics), destacan por sus valores de amor, libertad, naturaleza y filosofía, habiéndose traducido a más de 60 idiomas y convertidas en un tesoro cultural finlandés. La ciudad de la Torre de Observación de Pyynikki, a cuyos pies se encuentra la cafetería con largas colas para comprar los mejores munkkis de Finlandia. Y la ciudad en la que se ubica el que también es considerado como el mejor barrio del país, Pispala. Un barrio obrero con pintorescas casas de madera de colores, frecuentado por artistas, lo que le da un ambiente bohemio muy peculiar.

sábado, 11 de abril de 2026

El cuadro favorito de los finlandeses

En 2006, el Museo de Arte Ateneum de Helsinki llevó a cabo una encuesta para saber cuál era el cuadro favorito de los finlandeses. El escogido fue El ángel herido, pintado en 1903 por el pintor simbolista Hugo Simberg, convirtiéndose así en el "cuadro nacional" de Finlandia.

En él, dos jóvenes vestidos con ropa sobria y oscura llevan en una camilla a una niña angelical de melena rubia y vestida de blanco, que tiene los ojos vendados y las alas ensangrentadas. Los colores de los chicos contrastan con la luz que emana el ángel.

En su momento, la elección de la pintura de Simberg entre las más de 4.000 que tenía el museo en aquel momento cogió por sorpresa a todo el mundo, incluida a la directora del museo (*). ¿Qué tenía este cuadro para haber resultado el ganador?

Para entender los motivos, se puede analizar el contexto en el que se pintó este cuadro desde una triple perspectiva: histórica, artística y de la propia vida del autor.

Contexto histórico

Entre el siglo XII y 1809 Finlandia pertenece al Reino de Suecia. Se introduce el cristianismo, el sistema legal y administrativo es sueco y la élite y la administración usan sueco como lengua (por eso todavía hoy es lengua oficial en Finlandia).

Entre 1809 y 1917, tras la guerra entre Suecia y Rusia, Finlandia pasa a ser el Gran Ducado de Finlandia dentro del Imperio ruso. Los rusos permiten bastante autonomía (parlamento propio, moneda propia durante un tiempo, desarrollo cultural propio). En ese periodo nace el movimiento nacional finlandés. 

Así pues, la identidad finlandesa moderna se formó entre dos influencias muy distintas: las instituciones y cultura heredadas de Suecia y la presión política del Imperio ruso. Ese equilibrio ayudó a que surgiera una fuerte necesidad de definir una cultura propia, donde el arte, la literatura y el paisaje jugaron un papel muy importante.

Contexto artístico

A finales del siglo XIX en Europa hay muchos cambios y a nivel cultural y artístico nacen corrientes que rompen con lo académicamente establecido. En la pintura, el Naturalismo (representación de la realidad observada, paisajes, historia, religión), da paso al Impresionismo (donde se pinta lo que el ojo percibe) y Post- Impresionismo (se pinta lo que la mente interpreta), con corrientes a partir de ahí como el Simbolismo (se representan ideas, mitos, estados espirituales) y el Expresionismo (se pinta lo que el alma siente, se deforma la realidad para expresar emociones internas). 

Muchos artistas e intelectuales finlandeses querían reforzar una identidad cultural propia frente a Rusia. Lo hicieron a través de mitología finlandesa, paisajes del país, símbolos espirituales y folklore. Un ejemplo muy claro es el pintor Akseli Gallen-Kallela, que ilustró escenas del Kalevala, el gran poema épico nacional finlandés.

Simberg (Finlandia, 1873-1917) es un caso un poco distinto. No pinta mitología nacional directamente como Gallen-Kallela, no hay ningún símbolo patriótico evidente en sus cuadros, Y la gente, los paisajes y las criaturas místicas de la campiña finlandesa que aparecen como protagonistas en algunas de sus obras siempre se plantean desde un punto de vista sombrío, inquietante, en el que la muerte parece ensombrecer el lienzo. Pero aportan algo muy importante a la identidad cultural finlandesa, justo en un momento de plena construcción de identidad nacional: los paisajes melancólicos del norte, silencio y espiritualidad, relación íntima con la naturaleza, mezcla de vida, muerte y misterio. Todo eso refleja la sensibilidad cultural finlandesa.

Por eso obras como El ángel herido terminaron siendo vistas como algo profundamente "finlandés", aunque el artista no pretendiera hacer propaganda nacional. De hecho, los encuestados aseguraron que uno de los motivos que les incitó a elegir esta pintura, y no alguna de los maestros más clásicos y luminosos como Albert Edelfelt o Akseli Gallen-Kallela, ambos mentores de Simberg, era precisamente "por la melancolía que transmitía el paisaje". 

Contexto del autor

A pesar de que el pintor jamás quiso dar su propia interpretación del cuadro porque no quería condicionar la imaginación de sus espectadores, se sabe que, tras la muerte de su madre en 1897, sufrió una grave crisis nerviosa que acabó derivando en una meningitis por la que estuvo mucho tiempo ingresado en el hospital.

Al salir, pintó El ángel herido (The Wounded Angel), convirtiéndose en un símbolo de su fortaleza y recuperación. Algo que recuerda un poco al sisu, esa mezcla de fuerza interior, coraje, determinación y resiliencia que define el carácter de los finlandeses para superar las adversidades y que llevan muy interiorizado.

El ángel herido era la pintura favorita del autor, de la que estaba más orgulloso y también la más exitosa. Él mismo se sorprendió de la grata acogida que tuvo la obra entre los círculos artísticos de la época. "Gallen (Akseli Gallen Kallela) está tan emocionado que apenas puedo tomarle en serio. Sus primeras palabras fueron los mayores halagos a mi trabajo. Dice que irradia paz y armonía como ninguna otra obra de la exposición. Incluso (Albert) Edelfelt me dijo cosas bonitas", escribió el pintor a su hermana Blenda en una carta.

Zoom sobre la escena del cuadro

El cuadro evoca el paisaje real del parque Eläintarha (zoo, en finlandés), situado en el centro de Helsinki. La escena se sitúa en la orilla de la bahía de Töölö (Töölönlahti). El camino por el que avanzan los niños todavía existe hoy en día y es una ruta popular para pasear en la capital finlandesa. Aunque el entorno real es un parque urbano, Simberg lo retrató con un tono sombrío, árido y melancólico que refleja su propia convalecencia tras sufrir la meningitis.

En la época de Simberg, el parque Eläintarha albergaba instituciones benéficas, como la Escuela para Niñas Ciegas y el Hogar para Discapacitados, hacia donde se especula que los niños trasladan al ángel. Al borde del camino se aprecian flores silvestres; específicamente, el ángel sostiene un ramo de campanillas de invierno (Galanthus), que en la cultura nórdica simbolizan la esperanza, la curación y el renacimiento.

El ángel: ¿niño o niña?

Es fácil que uno mismo se haga esta pregunta cuando observa en detalle la figura central, puesto que es un tanto andrógina. La suavidad de las facciones y el cabello largo sugieren sin embargo una identidad femenina, lo cual es común en la representación de seres espirituales. Y el hecho de que los porteadores sean dos niños varones con ropas oscuras y toscas resalta la fragilidad y delicadeza del ángel, tradicionalmente asociada en el arte de la época con lo femenino. Además, en el contexto del simbolismo finlandés, la figura del ángel herido a menudo se lee como una representación de la vulnerabilidad de la inocencia, personificada frecuentemente en una figura de niña o joven mujer.

Para Simberg, no obstante, lo importante no era el género, sino la emoción de la escena. Él quería que el espectador viera en el ángel su propio dolor o su propia fragilidad, sin importar quién fuera.

El niño de la derecha: rompiendo la "cuarta pared"

Un detalle del cuadro que impresiona es esa mirada que nos clava el niño de la derecha, reconociendo nuestra presencia como público y generándose así una conexión emocional directa y ambigua. Con ello se destruye la ilusión de que la escena es un mundo aislado, metiéndonos a nosotros en la historia. Ese efecto se llama “romper la cuarta pared”, una pared invisible e imaginaria que separa a los personajes de una obra (en teatro, cine o pintura) del público que los observa. Se usa para crear complicidad, generar incomodidad o, como en el cuadro de Simberg, para que sintamos que la escena nos interpela directamente. Pasamos de ser simples observadores a ser "testigos" de lo que está pasando.

El niño de la izquierda: el contrapunto

La postura del niño de la izquierda es igualmente enigmática y, aunque Hugo Simberg nunca dio una interpretación definitiva, su actitud se analiza como el contrapunto perfecto al niño de la derecha. Si uno nos desafía, el otro nos muestra la cara más pesada del deber y la tristeza. Su seriedad y sus pasos cuidadosos transmiten una madurez forzada. Representa a los niños que se ven obligados a enfrentarse al dolor, la enfermedad o la muerte antes de tiempo, perdiendo su propia ligereza infantil en el proceso.

Y, de nuevo, la metáfora de la enfermedad: conectando con el momento en el que Simberg pintó el cuadro, mientras se recuperaba de la meningitis, este niño también podría representar la parte de uno mismo que simplemente "sigue adelante" por inercia durante el sufrimiento, concentrado solo en dar el siguiente paso hacia la curación. 

Las ropas oscuras de ambos niños a menudo se han interpretado como trajes de luto o ropa formal de funeral, reforzando la idea de que están participando en una procesión fúnebre o en un acto de despedida de la inocencia.

Miradas eternamente enigmáticas

La mirada del niño de la derecha en El ángel herido se considera un enigma abierto que ha generado décadas de teorías. Los análisis artísticos han especulado mucho sobre la intención de esa mirada. Se habla de:

  • Acusación, señalando al espectador como responsable del daño sufrido por el ángel;
  • Reproche, por ser un testigo indiferente ante el sufrimiento de la inocencia;
  • Desafío, con esa mirada seria y sombría, como si protegiera su carga de una posible amenaza externa;
  • Confrontación, como si cuestionara la moralidad de quien mira la escena desde fuera;
  • Implicación del espectador. El contacto visual saca al espectador de su papel de observador pasivo y le obliga a participar en la melancolía de la procesión. Es una herramienta del simbolismo para transmitir sentimientos de culpa, empatía o responsabilidad por la fragilidad de la pureza en un mundo hostil. 
  • Finalmente, se habla del reflejo de la propia lucha del autor, del reflejo de su propio conflicto interno y la dureza del proceso de curación, convirtiendo un dolor privado en una confrontación pública con el mundo.

Se ha especulado tanto con ella como con la de la Gioconda de Da Vinci. Y aunque hablamos de cuadros que pertenecen a épocas y estilos muy distintos, comparten esa capacidad de perseguir al espectador.

Ambas obras logran que, te muevas hacia donde te muevas, sientas que los ojos del personaje te siguen. Esto crea una conexión personal que hace que cada persona sienta algo diferente frente al cuadro. Pero mientras que de la Mona Lisa nos preguntamos si sonríe o está triste, el enigma del sentimiento del niño de Simberg es por si está enojado, asustado o juzgándonos. El maravilloso "efecto Mona Lisa", de nuevo reencontrado en otro cuadro bien distinto. Es fascinante cómo un simple contacto visual puede elevar una obra a la categoría de mito.

Leonardo no dejó notas claras sobre el significado de su retrato, y Simberg fue aún más lejos al dejar el título en blanco inicialmente para que nadie "contaminara" la interpretación del público.

Finalmente, ambos cuadros comparten ese logro de haber sabido transmitir una identidad, nacional vs. universal: la Gioconda es el icono del Renacimiento italiano y mundial, mientras que El ángel herido fue votado en 2006 como la pintura nacional de Finlandia. 

El mismo autor que pintó el cuadro preferido de los finlandeses pintó unos frescos en la Catedral de la bonita ciudad de Tampere que fueron muy polémicos durante muchos años, aunque a día de hoy se consideran obras maestras del Simbolismo finlandés. Pero esa historia la dejo para otro día.

**

(*) Fuente: https://www.elespanol.com/el-cultural/arte/20240818/polemica-tetrica-pintura-hugo-simberg-tesoro-nacional-pais-feliz-mundo/877662367_0.html

martes, 24 de marzo de 2026

El mundo de Egon Schiele

Egon Schiele es un pintor que pertenece al ambiente artístico de la Secesión Vienesa, un movimiento que surge a finales del siglo XIX en una Viena de plena efervescencia cultural.

En 1897, un grupo de artistas se separó del arte académico oficial, dominado hasta entonces por un estilo de pinturas con muchas escenas mitológicas, episodios históricos o retratos burgueses idealizados. Estos artistas buscaban romper con una tradición que, aunque técnicamente era impecable, resultaba cada vez más rígida y poco arriesgada.

La Secesión proponía una nueva forma de entender el arte: ya no se trataba solo de representar lo visible, sino de expresar estados de ánimo, inquietudes interiores y tensiones psicológicas.

Este cambio coincidía además con una transformación profunda de la vida urbana. A comienzos del siglo XX, las ciudades crecían rápidamente, la tecnología y la electricidad empezaban a transformar la vida cotidiana y la modernidad generaba tanto entusiasmo como inquietud. En ese contexto, muchos artistas sintieron la necesidad de explorar no solo el progreso exterior, sino también la complejidad del alma humana. Por eso el arte de esta época está cargado de simbolismo, intensidad emocional y experimentación formal.

Schiele y su conexión con Klimt

Entre los fundadores de la Secesión Vienesa se encontraba Gustav Klimt, quien representa una de las caras más reconocibles de la Viena fin de siècle. Su llamada “etapa dorada”, con obras como El Beso, muestra un lenguaje muy decorativo, sensual y simbólico. Schiele, en cambio, llevó esa modernidad en una dirección mucho más radical.

Klimt fue mentor y protector del joven Schiele, apoyándolo en sus inicios y ayudándolo a entrar en los círculos artísticos de Viena. Sin embargo, el estilo de ambos pronto tomó caminos muy distintos. Mientras Klimt tiende a embellecer el cuerpo y envolverlo en ornamentación y simbolismo, Schiele lo desnuda y lo tensa. Donde Klimt seduce, Schiele confronta.

Ambos artistas representan dos momentos de una misma transformación. Pero mientras Klimt forma parte del simbolismo modernista de la Secesión, Schiele se sitúa ya en el terreno del primer expresionismo. Klimt abrió la puerta a la modernidad artística en Viena, y Schiele llevó esa libertad hacia una exploración psicológica mucho más extrema. 

La Viena de 1900 era brillante en su superficie cultural, pero el Imperio austrohúngaro atravesaba una profunda crisis política e identitaria. Bajo esa apariencia sofisticada latían tensiones sociales y una ansiedad colectiva que muchos artistas percibían con claridad. Schiele captó esa fragilidad con una intensidad singular.

Su historia, sin embargo, terminó de forma trágica. Murió en 1918, durante la pandemia de Gripe española, tres días después de que falleciera su esposa embarazada. Tenía solo 28 años y parecía estar entrando en el momento de mayor madurez de su carrera.

Algunas obras de Egon Schiele

En comparación con el simbolismo de Klimt, Schiele elimina ornamentos, deforma el cuerpo, introduce tensión, hueso, vulnerabilidad. Sus figuras no seducen: interpelan. Donde Klimt idealiza el deseo, Schiele muestra fragilidad, ansiedad, incluso angustia.

En pocas palabras: Klimt abrió la puerta a la modernidad estética, y Schiele atravesó esa puerta y convirtió el cuerpo en psicología pura. Y eso, en la Viena previa a la Primera Guerra Mundial, era revolucionario.

Muerte y la doncella

Es una de sus obras más intensas. Durante mucho tiempo se interpretó como una alegoría, pero hoy se acepta que el hombre es casi seguro Schiele. La mujer representa a Wally Neuzil, su modelo y pareja durante años. La pintó justo cuando estaba rompiendo con ella para casarse con Edith Harms.

La postura no es erótica sino dramática: él parece rígido, tiene un aire algo fantasmagórico o de ultratumba. Ella se aferra a él. Hay más despedida que deseo.


Autorretrato con chaleco verde (izquierda)

Ésta me hace gracia porque me recordó enseguida a El caballero de la mano en el pecho, de El Greco (derecha). En ambos casos se ven dedos largos, tensión contenida, gesto casi teatral y se usa la mano como expresión psicológica, no naturalista.

No tienen nada que ver, porque pertenecen a lugares y momentos distintos de la historia, pero ambos usan la mano como foco expresivo. Eso sí, mientras El Greco estiliza por espiritualidad, Schiele estiliza por intensidad nerviosa. 


Los amantes

La interpretación más aceptada es que el hombre es Schiele y la mujer de nuevo es Wally Neuzil, su compañera y modelo más importante antes de casarse. La pintó en 1914, en un momento en que su relación aún era central en su vida.

¿Qué tiene de especial? Aunque es una escena íntima, no es idealizada, ni decorativa. No es “bella” en el sentido clásico. Los cuerpos están angulosos, la piel no es tersa y el abrazo es protector, casi vulnerable. A diferencia de El Beso de Klimt (fusión, oro, eternidad), Schiele es cuerpo frágil, piel real, tensión emocional. En Los amantes hay intimidad, pero también cierta inquietud. No es una escena de cuento romántico, es una escena humana.

Y un detalle interesante. Las manos vuelven a estar tensas, el contorno del cuerpo es más importante que el volumen y el fondo casi desaparece. Schiele siempre reduce el mundo para que el cuerpo lo diga todo. 

Diferencias entre el Simbolismo y el Expresionismo

El Simbolismo (finales del S. XIX) utiliza metáforas, ensueños y una estética refinada para sugerir ideas espirituales o subconscientes, manteniendo a menudo formas naturalistas. El Expresionismo (principios del S. XX) distorsiona la realidad, usa colores intensos y formas grotescas para proyectar angustia y emociones subjetivas violentas.
 
El Simbolismo busca evocar estados de ánimo y misterio. El Expresionismo busca impactar y mostrar la visión interior y desgarrada del artista.

A nivel formal, el Simbolismo es poético, estilizado y soñador. El Expresionismo es distorsionado, caótico y exagerado. También tratan temas diferentes: el Simbolismo se enfoca en el subconsciente, la espiritualidad y la fantasía. El Expresionismo se centra en la angustia, el miedo y la crítica social.

Finalmente, colores y técnica también son distintos: el Simbolismo utiliza colores sugerentes y el Expresionismo utiliza contrastes fuertes y colores estridentes. Ambos movimientos reaccionaron contra el Naturalismo, pero el Simbolismo se refugia en el sueño, mientras el Expresionismo se enfrenta a la realidad distorsionándola. 

Me encanta el aire que respiran las pinturas simbolistas de flores y jardines de Klimt en su etapa más madura y luego ver el contraste con las obras de arte expresionista de Schiele, con todas esas figuras tan angulosas, a menudo retorcidas, con miradas inquietantes y esa sexualidad tan directa, a veces hasta incómoda.


Son impresionantes, perturbadoras, no dejan indiferente. Pero sin duda, la obra de Schiele que más me cautivó en el Palacio Belvedere de Viena fue El Abazo (Amantes II).

martes, 10 de marzo de 2026

¡Silencio! ¡Sorpresa! ¡Te pillé!: las muecas geniales de Ducreux

Paseando por el Museo Nacional de Estocolmo me topé con los autorretratos de Joseph Ducreux. El museo tenía varias obras francesas del siglo XVIII, no recuerdo si de forma permanente o temporal, como préstamo de algún otro museo.

Son pinturas de finales de 1700 que me llamaron la atención, las encontré divertidas, desenfadadas e irreverentes. Son autorretratos, y parecen muy modernos para ser del siglo XVIII.

El autor es Joseph Ducreux (1735–1802), pintor francés que fue retratista de corte en tiempos de Luis XVI y Maria Antonieta. Pero en algunos autorretratos como éstos hizo algo completamente inesperado.

El silencio - Self-Portrait as a Man Saying 'Shh!' (izquierda)

En este cuadro se señala el gesto de mandar callar con el dedo en la boca. El artista mira al espectador de forma directa, parece casi conspirativo o cómplice. Esto es muy raro en la pintura oficial del siglo XVIII, donde los retratos eran solemnes, formales y estáticos. Ducreux rompe esa norma con un gesto cotidiano y algo teatralizado.

La sorpresa - Self-Portrait with a Surprised Expression (derecha)

Aquí también se ve una expresión teatral pero el gesto es todavía más exagerado, con los ojos y la boca bien abiertos. Parece casi una captura instantánea de emoción, algo que en aquella época prácticamente no se hacía.

Aquí Ducreux estaba experimentando con algo muy cercano a la fisiognomía (el estudio de las emociones en el rostro), la expresión teatral y la caricatura. En lugar de retratar estatus social, retrataba expresiones humanas. Muchos historiadores dicen que estas pinturas anticipan algo que luego será muy importante en el arte: capturar emociones espontáneas.

Aurorretrato burlón - Self-Portrait with a Mocking Expression

Ducreux también pintó un autorretrato en el que señala con un dedo al espectador, riéndose o incluso burlándose. De nuevo, es una pose completamente impropia del retrato serio del siglo XVIII, que más bien solía mostrar a la persona digna, inmóvil, elegante y sin gestos exagerados. Aquí, en cambio, el pintor parece un actor en escena que está interactuando contigo. 

Es como una foto tomada en un instante, justo en medio de una expresión, como los anteriores. Por eso hoy resulta tan moderno.

Esta pintura se volvió muy famosa en Internet hace unos años porque la gente decía que parecía un meme del siglo XVIII. La pose de señalar al espectador recuerda mucho a alguien diciendo “¡te pillé!” o "y tú, lo sabes".

The Meme Lord

Busqué información de estos cuadros al volver del viaje, y descubrí que estos autorretratos se volvieron muy virales hace unos años en redes sociales, porque rompen con la rigidez, la formalidad y la solemnidad propias de la pintura de su época, mostrando expresiones faciales exageradas y lúdicas que encajan perfectamente con la cultura irónica de los memes en Internet (muchos denominan al pintor el "Señor de los Memes" del siglo XVIII). Y es que esas expresiones de sus autorretratos, bostezando, riendo, señalando al espectador o con muecas burlonas son espontáneas y modernas, parecen "tipo selfie", permitiendo a la gente identificarse con ellas fácilmente hoy en día, lo que las convierte en imágenes atemporales.

Aunque todos estos cuadros son de finales del siglo XVIII, ya tienen algo que luego será muy importante en el arte moderno: la expresión psicológica y el gesto espontáneo.

De alguna manera, siglos después, artistas como Egon Schiele (que me cautivó en Viena con sus obras, especialmente con El abrazo (Amantes II), también harán autorretratos muy expresivos, aunque con otra intensidad mucho más dramática.

sábado, 7 de marzo de 2026

El Abrazo (Amantes II), de Egon Schiele

Entré en el Palacio Belvedere de Viena con ganas de ver las 24 obras de Gustav Klimt, entre ellas El Beso, una de las pinturas más icónicas del arte europeo de principios del siglo XX. Y lo hice, pude verlas con gusto, pausadamente y sin gente. Pero salí de allí con un descubrimiento tan inesperado como fascinante: el mundo de Egon Schiele.

Entre sus cuadros allí expuestos, hubo uno en particular que me atrapó.


Se trata de El abrazo (Amantes II), pintado en 1917. Sobre una sábana blanca y revuelta se abrazan dos amantes desnudos y entrelazados que parecen fundirse en un solo cuerpo. Hombre y mujer aparecen como dos seres desesperadamente aferrados el uno al otro en una estética de líneas angulosas y contornos marcados (algo bastante identificativo del lenguaje expresionista de Schiele), que transmite una cercanía intensa, pero no completamente tranquila.

Se cree que la pareja representada es el propio Schiele y su esposa, Edith Harms, con quien se había casado en 1915. El abrazo transmite mucha intimidad, pero no se percibe solo amor, sino también apego y necesidad. En una sola imagen se consigue combinar deseo, amor y vulnerabilidad.

Un detalle hacia el que pronto se le va a uno la vista es la mano izquierda de ella, apoyada sobre la espalda de él. Los dedos aparecen separados en un gesto que se repite en algunos autorretratos de Schiele. Un día contaré cómo ese gesto en uno de ellos me transportó de forma inmediata a otro lugar y a otra época muy diferentes, recordando una pintura muy conocida de El Greco (hay que tensionar la mano expresamente para hacer ese gesto, uno no puede poner la mano así de forma natural). 

Otro aspecto llamativo es que, aunque los cuerpos están fuertemente unidos, la postura no transmite una fusión completamente tranquila. De hecho, un breve texto junto al cuadro, en la Galería, mencionaba la representación de una angustia interior: una unión intensa en la que, sin embargo, ya se intuye la consciencia de la separación de los cuerpos que vendrá después.

En otras obras de Schiele, la sexualidad aparece cargada de tensión y transmite mucha ansiedad, pero esa tensión suele ser más erótica y provocadora, más inquieta, nerviosa, a veces casi agresiva o incómoda. Los cuerpos parecen aislados o expuestos. En El abrazo, en cambio, la tensión se vuelve más íntima, emocional y existencial. Los cuerpos están unidos y protegidos por el abrazo, aunque se percibe esa sensación de ser consciente de que la unión es momentánea y frágil. 

Esa manera diferente de representar el cuerpo parece reflejar un momento emocional más profundo y menos crispado que en etapas previas. Esto coincide con un cambio en su vida personal: su matrimonio con Edith y una evolución en su mirada hacia las relaciones humanas y la intimidad.

A lo largo de su trayectoria como pintor, se mantiene esa vibración nerviosa que hace que sus figuras parezcan vivas, vulnerables y algo inquietas al mismo tiempo. Pero El abrazo ilustra bien el tránsito de una etapa inicial de intensidad casi agresiva -cuando entre 1909 y 1911 pintaba figuras mucho más angulosas y tensas-, hacia una madurez emocional más estructurada. Y justo cuando parecía entrar en esa madurez artística, murió en 1918 con tan solo 28 años.

Así pues, pintado no solo en los últimos años de la vida del artista sino también en el contexto de la Primera Guerra Mundial, el cuadro refleja una mirada profunda sobre la intimidad humana. El abrazo no es solo unión física, sino también conciencia de la fragilidad del instante compartido. Los amantes se aferran uno al otro como si presintieran la inevitable separación, y en esa mezcla de ternura, deseo y angustia reside gran parte de la fuerza emocional que tanto me resonó de esta obra. Más que un gesto erótico, este abrazo muestra la complejidad del amor: refugio y cercanía, pero también conciencia de su carácter efímero.

viernes, 6 de marzo de 2026

El Beso, de Gustav Klimt

Pintado en 1907-1908 por Gustav Klimt, El Beso es una de las obras cumbre del Simbolismo y la pieza más icónica del Modernismo vienés. Es un cuadro muy reconocido porque representa la culminación de la “etapa dorada” del pintor, en la que usaba pan de oro como ornamento en sus cuadros.

La obra resume la estética del movimiento de la Secesión de Viena: belleza moderna, libertad artística y ruptura con el academicismo. El Beso une erotismo y espiritualidad sin escándalo (a diferencia de otras obras suyas). Es decorativo, pero profundamente simbólico. Sensual, pero contenido. Ornamental, pero íntimo. Por eso conecta tanto con el público.

¿Cuál es el contexto de la obra?

La Europa de 1900 es una Europa de cambio artístico. Aparecen nuevas ideas sobre la mente, Sigmund Freud introduce el concepto del inconsciente y los artistas empiezan a explorar emociones, sueños, el deseo humano, la ansiedad …

Las ciudades crecen rápidamente: Viena, París, Berlín … La vida urbana y moderna genera nuevas sensaciones, estrés y cambios sociales. La ciencia cuestiona certezas antiguas: teorías de la mente, nuevas visiones del tiempo y la realidad, tecnología y electricidad cambiando la vida cotidiana … Se instala una sensación de “fin de época”, muchos sienten que el viejo mundo está agotado: el Imperio austrohúngaro se tambalea, hay tensiones sociales y cambios culturales profundos. Esto genera el clima que los historiadores llaman “fin de siècle”.

Y ¿cómo era la Viena del 1900? 

La ciudad vivía un momento cultural explosivo. Freud, padre del psicoanálisis, estudia la mente inconsciente, los sueños y la sexualidad reprimida, descubriendo lo oculto dentro de la mente humana, lo que no se veía a simple vista. Otto Wagner, arquitecto modernista, trabaja combinando estructura y ornamento, con la idea de transformar Viena desde lo académico hacia un modernismo funcional y elegante. Y en la literatura y artes plásticas también se viven momentos de cambio. El escritor Arthur Schnitzler explora los deseos, la ansiedad y la sexualidad en la Viena burguesa, desnudando la vida interior de sus personajes con intensidad psicológica, como un Freud en palabras.

En ese contexto, en 1897 nace la Vienna Secession, un grupo de artistas que se separa del arte académico oficial. Su lema era “A cada época su arte, al arte su libertad.” Gustav Klimt fue uno de los fundadores y su primer presidente.

Antes de la Secesión, Viena estaba dominada por un arte historicista y académico, muy ligado a la Academia de Bellas Artes: temas clásicos (historia, mitología, retrato burgués); técnica refinada, realista, idealizada; pintura ornamental, sin experimentación radical. El arte académico era hermoso, técnico y seguro, pero poco atrevido o experimental. La Secesión Vienesa iba a romper con esa rigidez.

Klimt: sensualidad y símbolo

Klimt representa la fase más decorativa y simbólica de ese movimiento: oro, erotismo elegante, alegorías, influencia bizantina, composición ornamental. Su etapa dorada, a la que pertenece el cuadro El Beso, es la cara más conocida de esa Viena fin-de-siècle.

El Beso cierra simbólicamente la fase más intensa de uso de pan de oro por parte del autor. Después de 1908, Klimt comenzó a alejarse del uso intensivo del dorado hacia un estilo más colorido y con motivos florales. Hay obras preciosas y muy cautivadoras de esa etapa que pueden verse en el Palacio Velvedere, otro día cuento algo de alguna de las que más me gustaron.

El Beso: detalles técnicos y composición

Pintado durante esa "fase dorada" del autor, representa un abrazo apasionado entre dos amantes, fusionando erotismo, espiritualidad y una riqueza ornamental sin precedentes. 

Técnicamente, se trata de un óleo con aplicaciones de pan de oro y plata sobre lienzo. Es una obra cuadrada que presenta a una pareja entrelazada en un prado de flores, al borde de un precipicio, lo que simboliza tanto la belleza como el riesgo del amor. 

El protagonismo temático es para el beso: ella tiene los ojos cerrados, en un estado de éxtasis o rendición, mientras él le besa la mejilla, con una mano que sostiene la cabeza de ella. 

¿Por qué se ha encumbrado tanto?

Por la universalidad del tema que trata. Representa el amor pasional y la intimidad de una forma que trasciende el tiempo. Y, aunque se especula que son Klimt y su compañera Emilie Flöge, los rostros están parcialmente ocultos para que cualquier espectador pueda proyectarse en ellos, lo que favorece también esa identificación universal.

También hay que decir que el cuadro tiene una estética que deslumbra al mirarla, el uso del oro y el estilo ornamental "klimtiano" es visualmente espectacular y capta enseguida la atención. Además, combina la sensualidad humana con una abstracción geométrica que incluso a día de hoy se percibe como moderna.

En resumen, El Beso no es solo una pintura de una pareja, sino una alegoría de la fusión del ser en un mundo cambiante, combinando la mística antigua (oro bizantino) con la modernidad psicológica de principios del siglo XX. Es un cuadro que ha sido encumbrado como el símbolo universal del amor romántico y pasional.

El simbolismo del cuadro

La ornamentación no es solo decorativa, sino que diferencia los géneros y las fuerzas vitales. La figura masculina viste una túnica hecha de motivos rectangulares y tonos blancos y negros, figuras geométricas que representan fuerza y estructura. El vestido de la mujer, en cambio, está decorado con formas orgánicas (círculos, curvas) y coloridos motivos florales que representan la suavidad, la vida y la fertilidad. La pareja está al borde de un precipicio, un abismo floral, lo que simboliza la vulnerabilidad del amor y cómo este aísla a los amantes del peligro exterior. 

Motivos del uso de pan de oro

Klimt visitó la Basílica de San Vital en Rávena (Italia) y quedó fascinado por los mosaicos bizantinos, donde el oro elevaba a los personajes a un plano espiritual. El uso de pan de oro responde así a una inspiración bizantina, envolviendo a los amantes y elevando su unión terrenal a un plano sagrado, espiritual y eterno. Al usar un material que históricamente estaba reservado para iconos religiosos, Klimt santifica el amor carnal, convirtiendo el deseo en algo divino y eterno.

Adicionalmente, transmite lujo y sensualidad: refleja la opulencia de la Viena de la época y subraya la intensidad del momento íntimo. Y en el plano técnico, tiene un efecto tridimensional, ya que confiere a la pintura una luminosidad especial y una apariencia de mosaico moderno, casi tridimensional. 

Finalmente, también es importante mencionar el legado familiar. Su padre era grabador de oro, lo que le dio una familiaridad técnica única con este material. 

Contexto del cuadro en la vida del autor

Antes de esta obra, Klimt sufrió fuertes críticas por sus pinturas para la Universidad de Viena, que se llegaron a tachar de obscenas y pornográficas. Tras ello, Klimt buscó refugio en un estilo más decorativo y simbólico que le devolviera el favor del público, logrando con El Beso un éxito inmediato.

La obra, pues, acabó siendo una respuesta, el triunfo del amor y la belleza sobre la crítica y el inmovilismo, marcando la transición entre el simbolismo del siglo XIX y la abstracción del XX, y capturando la elegancia de un imperio (el Austro-húngaro) que estaba a punto de desaparecer tras la Primera Guerra Mundial.