Entré en el Palacio Belvedere de Viena con ganas de ver las 24 obras de Gustav Klimt, entre ellas El Beso, una de las pinturas más icónicas del arte europeo de principios del siglo XX. Y lo hice con gusto, pausadamente y sin gente, pero salí de allí con un descubrimiento inesperado: el de Egon Schiele.
Entre sus cuadros allí expuestos, confieso que me quedé atrapada por uno en particular.
El cuadro
Se cree que la pareja representada es el propio Schiele y su esposa, Edith Harms, con quien se había casado en 1915. El abrazo transmite una intensa intimidad, pero también una cierta complejidad emocional: el gesto no expresa únicamente amor, sino también apego, necesidad y vulnerabilidad.
Un detalle significativo es la mano izquierda de ella, apoyada sobre la espalda de él. Los dedos aparecen separados en el gesto característico con el que Schiele se autorretrató en otras ocasiones (un día contaré cómo ese gesto en uno de sus autorretratos me recordó a una pintura de El Greco). Es un recurso que parece reforzar la idea de identificación entre el pintor y la figura masculina.
Otro aspecto llamativo es que, aunque los cuerpos están fuertemente unidos, la postura de las figuras no transmite una fusión completamente tranquila. Las líneas del cuerpo son angulosas y los contornos marcados, rasgos característicos del lenguaje expresionista de Schiele. De hecho, un breve texto junto al cuadro, en la Galería, mencionaba la representación de una angustia interior: una unión intensa en la que, sin embargo, ya se intuye la posibilidad de separación. Así pues, la imagen sugiere simultáneamente fusión y fragilidad.
En muchas obras anteriores de Schiele, la sexualidad aparece cargada de tensión psicológica y de una cierta ansiedad nerviosa. En El abrazo, aunque la obra sigue siendo claramente expresionista, la representación del cuerpo resulta relativamente más serena y armónica. Da la impresión de reflejar un momento emocional más profundo y menos crispado que en etapas previas.
Esto coincide con un cambio en su vida personal: su matrimonio con Edith y una evolución en su mirada hacia las relaciones humanas y la intimidad.
El abrazo ilustra bien el tránsito de Schiele desde la intensidad casi agresiva de su juventud —cuando entre 1909 y 1911 pintaba figuras angulosas y tensas— hacia una madurez emocional más estructurada. Es una obra en la que logra combinar deseo, amor y vulnerabilidad en una sola imagen.
Y justo cuando parecía entrar en plena madurez artística, murió en 1918 con tan solo 28 años.
El pintor y su contextoSchiele pertenece al ambiente artístico de la Secesión Vienesa, un movimiento que surge a finales del siglo XIX en una Viena que vivía una extraordinaria efervescencia cultural.
En 1897, un grupo de artistas se separó del arte académico oficial, dominado hasta entonces por un estilo historicista que privilegiaba escenas mitológicas, episodios históricos o retratos burgueses idealizados. Estos artistas buscaban romper con una tradición que, aunque técnicamente impecable, resultaba cada vez más rígida y poco arriesgada.
Entre sus fundadores se encontraba Klimt. La Secesión proponía una nueva forma de entender el arte: ya no se trataba solo de representar lo visible, sino de expresar estados de ánimo, inquietudes interiores y tensiones psicológicas.
Este cambio coincidía además con una transformación profunda de la vida urbana. A comienzos del siglo XX, las ciudades crecían rápidamente, la tecnología y la electricidad empezaban a transformar la vida cotidiana y la modernidad generaba tanto entusiasmo como inquietud. En ese contexto, muchos artistas sintieron la necesidad de explorar no solo el progreso exterior, sino también la complejidad del alma humana. Por eso el arte de esta época está cargado de simbolismo, intensidad emocional y experimentación formal.
Klimt y Schiele
Klimt representa una de las caras más reconocibles de la Viena fin de siècle. Su llamada “etapa dorada”, con obras como El Beso, muestra un lenguaje profundamente decorativo, sensual y simbólico.
Schiele, en cambio, lleva esa modernidad en una dirección mucho más radical.
Klimt fue mentor y protector del joven Schiele, apoyándolo en sus inicios y ayudándolo a entrar en los círculos artísticos de Viena. Sin embargo, el estilo de ambos pronto tomó caminos muy distintos.
Mientras Klimt tiende a embellecer el cuerpo y envolverlo en ornamentación y simbolismo, Schiele lo desnuda y lo tensa. Sus figuras son angulosas, a menudo retorcidas, con miradas inquietantes y una sexualidad directa y a veces incómoda. Donde Klimt seduce, Schiele confronta.
Klimt forma parte del simbolismo modernista de la Secesión, mientras que Schiele se sitúa ya en el terreno del primer expresionismo. No fundaron juntos un nuevo movimiento, pero sí representan dos momentos de una misma transformación: Klimt abrió la puerta a la modernidad artística en Viena, y Schiele llevó esa libertad hacia una exploración psicológica mucho más extrema.
La Viena de 1900 era brillante en su superficie cultural, pero el Imperio austrohúngaro atravesaba una profunda crisis política e identitaria. Bajo esa apariencia sofisticada latían tensiones sociales y una ansiedad colectiva que muchos artistas percibían con claridad.
Schiele captó esa fragilidad con una intensidad singular.
Su historia, sin embargo, terminó de forma trágica. Murió en 1918, durante la pandemia de Gripe Española, tres días después de que falleciera su esposa embarazada. Tenía solo 28 años y parecía estar entrando en el momento de mayor madurez de su carrera.

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