domingo, 3 de mayo de 2026

Los frescos de Simberg en la Catedral de Tampere

La Catedral de Tampere es un templo luterano construido en 1907 que destaca por su fachada de granito gris y su tejado rojo. Esa imagen es embelesadora, pero nada más entrar, uno se queda prendado de la belleza de todos los frescos que la decoran. La mayoría son de Hugo Simberg, el pintor simbolista finlandés que recibió el encargo para realizarlas, y el mismo que pintó dos años antes el cuadro hoy considerado como preferido de los finlandeses.

Se trata de unas pinturas que fueron muy polémicas durante muchos años, por las que el artista recibió muchas críticas. Simberg pintaba temas algo macabros, sobrenaturales y existenciales con un toque melancólico y a veces humorístico, y viendo los frescos de la catedral, uno llega a comprender que estas pinturas no gustasen en su momento a la población porque difieren totalmente de la estética clásica y tradicional de pintura eclesiástica. 

Sin embargo, en la actualidad se consideran obras maestras del Simbolismo finlandés -una corriente artística de finales del siglo XIX-, y son reconocidas mundialmente como una de las obras de arte eclesiástico más importantes del norte de Europa. Además, son el mayor atractivo turístico de la catedral y resultan fundamentales para entender la visión de Simberg sobre la vida, la muerte y la espiritualidad.

El jardín de la muerte

Se trata de un jardín que se aleja mucho de la visión lúgubre tradicional que podemos tener de la muerte. Aquí no se la retrata con miedo sino con calidez y dedicación; como un proceso tierno, de cuidado y tránsito hacia el paraíso.


La escena representa el lugar donde los muertos terminan antes de ir al cielo. Un lugar intermedio, de tránsito entre la vida y el cielo, donde los esqueletos, que normalmente asociamos a figuras clásicas de la "danza de la muerte" medieval, aquí no acechan sino que son benevolentes, y actúan como jardineros dedicados y cariñosos.

Estos esqueletos bondadosos cuidan almas humanas, que están esperando, y que están representadas por plantas en tiestos que necesitan cuidados. Se las representa como seres inmaduros o en crecimiento, convirtiéndolas así en una metáfora de la propia vida. 

La obra fue creada durante un periodo de enfermedad del artista, y refleja una visión personal que desafía el temor a la mortalidad, viéndola como una etapa natural y serena. Es una obra que busca la belleza en lo macabro, caracterizada por su atmósfera de quietud, silencio y cuidado amoroso en un entorno de ultratumba.


La serpiente bíblica

En la cúpula de la Catedral puede verse una serpiente alada con una manzana en la boca. Simboliza la caída, el pecado y la corrupción. Representa la tentación de Adán y Eva, posicionada en el punto más alto para recordar la lucha humana contra el pecado, rodeada de alas de ángel para sugerir que el bien prevalece.

Es una interpretación de la serpiente del Edén, pero estilizada con alas rojas sobre un fondo rojo, un color que recuerda la sangre y simboliza la naturaleza peligrosa, la tentación y la corrupción humana tras la caída en el Edén, reforzando la interpretación de la serpiente como el diablo o el mal.

Aquí Simberg se aleja del abordaje de la la muerte y la redención con un tono melancólico para recordarnos que el mal está presente, pero también bajo la supervisión divina.  

La obra causó gran revuelo en su época, con críticas que la consideraban inapropiada para una iglesia, llegando a proponerse su eliminación.

Los portadores de guirnaldas 

Finalmente, el fresco de los Portadores de Guirnaldas representa el camino de la vida, adornado con rosas (belleza y alegrías) y espinas (sufrimientos y dificultades con las que cargamos).

Cada uno de los doce niños desnudos -que representan a los doce apóstoles- sostiene la guirnalda de una manera distinta. Simberg explicó que esto simboliza cómo cada persona carga con sus propios problemas de forma única: para algunos el peso es ligero, mientras que para otros es una carga abrumadora. 


Los niños simbolizan a los discípulos de Cristo cargando la "vid de la vida" hacia la eternidad. En lugar de pintar figuras angelicales perfectas, el artista usó como modelos a niños reales de familias trabajadoras de Tampere, lo que otorga a las figuras una vulnerabilidad realista y andrógina, enfatizando así que el sufrimiento y las dificultades son inherentes a la condición humana y que cada individuo debe encontrar su propia forma de sobrellevarlos.


En su momento, la obra generó un fuerte rechazo. Los críticos cuestionaron la desnudez de los niños en un recinto sagrado y la atmósfera melancólica del conjunto, que se alejaba de la iconografía religiosa tradicional. A pesar de ello, hoy se considera un tesoro nacional que muestra la aceptación de la imperfección humana, al alejarse de la idealización religiosa tradicional y centrarse en la vulnerabilidad, el dolor y la dualidad de la existencia: el cuerpo y el alma, el bien y el mal, las alegrías y las penas, la vida y la muerte.

El ángel herido

Si uno eleva la vista al segundo piso, donde también hay un órgano gigantesco precioso, a la derecha, encima de la zona del altar, se halla una réplica del cuadro favorito de los finlandeses


El original de El ángel herido (1903) está, en el museo Ateneum de Helsinki, así que lo que uno ve aquí es otra versión del cuadro, hecha por el propio Hugo Simberg. Cuando el pintor decoró la catedral (1905–1906), pintó una versión en fresco del mismo cuadro adaptada al espacio de la iglesia. Y que esté arriba, cerca del órgano, no es casual. Funciona casi como una imagen suspendida entre lo terrenal y lo espiritual, lo que encaja con el tono general de Simberg: lo sagrado tratado desde lo frágil, lo ambiguo, incluso lo inquietante. Así que en realidad no una copia cualquiera sino algo bastante especial: una segunda encarnación de una de las imágenes más importantes del arte finlandés, colocada justo en el contexto para el que él mismo la quiso reinterpretar.

La Resurrección (Ylösnousemus)

Finalmente, la gran obra que ilumina el recinto nada más entrar, debajo del vitral de la iglesia, es un fresco de Magnus Enckell, otro pintor simbolista finlandés, el primero que rompió con el Naturalismo.


Ese retablo principal de la Catedral muestra la resurrección futura de la humanidad, con figuras desnudas que emergen y avanzan hacia la luz. Destaca porque incluye personas de distintas razas, algo bastante moderno para su época (principios del siglo XX). A diferencia del tono oscuro y simbólico de Simberg, Enckell usa un lenguaje más clásico, luminoso y esperanzador. Es el gran contrapunto a los frescos de Simberg: menos inquietante y más universal, centrado en la redención y la unidad humana.

En “La Resurrección” la escena está dividida de forma muy deliberada: a un lado aparecen figuras más pesadas, asociadas al sufrimiento, la caída o lo terrenal. Al otro, una procesión de figuras que avanzan con calma, casi desapegadas, hacia una luz más clara. Ese contraste puede dar la sensación de “indiferencia”, como si unos ignoraran el dolor de los otros. Pero en realidad no es tanto un juicio moral como una transición espiritual. Las figuras que avanzan no están ignorando el sufrimiento, sino que ya han pasado por él o lo han dejado atrás. Esa actitud serena, casi impasible, es intencionada: representa un estado distinto, más allá del dolor físico o emocional.

También hay que tener en cuenta el contexto: a principios del siglo XX, el simbolismo nórdico buscaba representar ideas abstractas (vida, muerte, redención) más que emociones dramáticas explícitas. Por eso las figuras parecen contenidas, incluso frías. Esa ambigüedad -entre consuelo y desconexión- es parte de lo que hace que la obra resulte tan inquietante para muchos visitantes.

Es una lástima que las fotos no hacen justicia a la inmensa sensación inmediata de belleza, modernidad y luz que se percibe al entrar. Esa majestuosidad, solemnidad y originalidad, que te hacen sentir que no estás en la típica catedral clásica, sino en una que tiene una personalidad propia y sorprendente. Es fascinante. Así que vale la pena incluir la visita al interior de la catedral si uno visita Tampere, la tercera ciudad más grande de Finlandia, capital mundial de la sauna, situada en un istmo, en medio de una zona llena de naturaleza, bosques, costas recortadas y rodeada de dos lagos (Näsijärvi y Pyhäjärvi), en los que en verano la gente se baña y en invierno patinan sobre hielo. La ciudad de los museos de Vapriikki, en la antigua fábrica de Tampella; la ciudad del Museo de los Moomins, esos personajes literarios creados por la autora e ilustradora Tove Jansson en 1945, de color blanco y aspecto parecido a hipopótamos, cuyas historias (presentadas en novelas, cuentos y cómics), destacan por sus valores de amor, libertad, naturaleza y filosofía, habiéndose traducido a más de 60 idiomas y convertidas en un tesoro cultural finlandés. La ciudad de la Torre de Observación de Pyynikki, a cuyos pies se encuentra la cafetería con largas colas para comprar los mejores munkkis de Finlandia. Y la ciudad en la que se ubica el que también es considerado como el mejor barrio del país, Pispala. Un barrio obrero con pintorescas casas de madera de colores, frecuentado por artistas, lo que le da un ambiente bohemio muy peculiar.

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