sábado, 27 de octubre de 2012

Palomitas

No estoy muy segura de si lo que yo hago es ir al cine a ver películas y, ya que estamos, me compro unas palomitas o de si en realidad lo que hago es ir al cine a comer palomitas y, de paso, veo una película. Lo que sí está claro es que, nada más llegar, ya dejo que ese olor tan apetitoso me seduzca sin resistirme. Mmmmmmm ... La cola hasta que llega mi turno se me hace interminable y una vez que por fin me toca, paso un verdadero suplicio para perder cuantas menos palomitas posibles en mi trayecto hasta la butaca. Mi espera es incontrolable, antes de entrar en la sala ya empiezo a picotear: una, otra, otra más ... oh, qué delicia, no puedo parar. Intento que las pausas entre una y otra sean lentas, "son para la película", me digo a mí misma. Pero hay algo en ellas que es más fuerte que yo: maldito glutamato monosódico, qué poca sensualidad culinaria desprende tu nombre, hijo, me asaltan dudas sobre si dejarte quedar en mi relato ... En fin, a lo que iba. Entro, tomo asiento y sigo comiendo. Ahora ya no hay pausas pero tampoco prisas. De una en una y una tras otra, sin darme cuenta ya sólo me queda la mitad de la caja. De mi caja, porque soy muy generosa y doy todo lo que tengo cuando lo tengo que dar y con quien lo tenga que dar. Pero ellas son sagradas para mí, mira si lo son que les dedico una oda entera, aunque sea en prosa, que recitarla en verso está en un nivel fuera de mi alcance.

Así que en el cine las palomitas van en mi caja y son mis palomitas. Y empieza la publicidad. La luz se atenúa, las miradas se concentran en la gran pantalla y ya no hay excusas. Es mi momento. Deslizando mi trasero levemente hacia delante consigo apoyar la cabeza en el respaldo y, codos en reposabrazos, ya nada me impide lanzarme a devorarlas. Van cayendo todas de tres en tres, mi boca se abre hasta lo que mi mandíbula le permite y ya nada me importa, ni los gestos de mi cara, ni la compostura, ni nada: todo me da igual. Ya no guardo modales ni respeto las formas. La oscuridad se convierte en mi aliada camuflando así mi ansia de acabar con ellas sin complejos ni prejuicios. El ambiente invita a que mi lado más salvaje salga de mis entrañas, a que mi yo más primitivo disfrute intensamente de este inmenso momento de placer. Mmmmmm ... Se terminaron ya. Comienza la película. Vuelvo a ser yo.