Doce del mediodía. La temperatura y las nubes invitan a dar un largo paseo. Camino varios kilómetros en dirección a El Masnou, compartiendo trayecto con ciclistas y corredores habituales de la zona. Sopla una suave brisa marina y el mar ya está rizado. La distracción durante el paseo está asegurada: los bañistas, los pescadores, los surfistas, los nudistas ... Tres chicos están haciendo volar tres cometas idénticas de forma sincronizada. Es bonito de ver. Cierro los ojos y respiro. Mi tierra huele a mar, a chiringuito de playa, a pescadito frito y mejillones al vapor.
Llego a mi destino. Ahora me queda el camino de vuelta. Me siento un rato a descansar, mientras diviso el skyline que ofrece la gran Barcelona a primera línea de mar. El Hotel Vela, el Hotel Arts y la torre Maphre, la placa fotovoltaica del Fórum, la montaña de Montjuïc, la torre Agbar, la central térmica ...
Nueve de la noche. Es verano y apetece cenar en uno de mis chiringuitos preferidos. No lo es por la comida (aunque no se come mal) ni por el ambiente (se forma el típico barullo de un restaurante playero que siempre está lleno). Lo es por esos pequeños momentos entrañables en los que se ha colado en mi vida y por el servicio. Porque si algo bueno tenemos aquí es la amabilidad de esta gente que se dedica día tras día a servirnos platos.
Once de la noche. Me descalzo y camino por la arena, en este trocito de playa que queda justo delante de donde hemos cenado. La arena ya está fría y la playa oscura. Las voces de la gente se oyen ahora a lo lejos y se mezclan con la música que viene de los chiringuitos. Son las farolas del paseo marítimo, las luces del restaurante y las lucecitas de esos chiringuitos las que nos alumbran y crean un ambiente agradable. Nos sentamos en la orilla y contemplamos el mar. Charlamos, imaginamos y reímos. Hay algo más que nos da un poco de luz en este lugar. La luna llena. Una luna perfectamente redonda y blanca que refleja algunos brillos en el mar. Llegan olas a mis pies, olas diferentes a las que había esta mañana. Parece como si el mar arrastrara el cansancio de todo el día y quisiera ya descansar, dando los últimos coletazos en forma de olas que ahora llegan aquí con poquísima fuerza. Descansa, mar, descansa. Ya nos mostraste hoy toda tu bravura. Ahora reposa y despiértate mañana en calma, como cada día.
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